27 de diciembre de 2014

El hombre embrujado, Charles Dickens

Mi relectura en 2014 en revista Barbarie Ilustrada
Mi libro favorito de 2014: 
Un hombre presa del aislamiento, perseguido por un fantasma que le habla cada noche en su aposento, mitad biblioteca, mitad laboratorio, donde hace experimentos químicos. Es huraño, dice el narrador, inabordable, su presencia en esa antigua facultad abandonada a las afueras de una ciudad anónima, raya en lo sobrenatural y todos los habitantes espectrales creen que está embrujado. Su obsesión es el trabajo de alquímico. Es químico, afirma el narrador, de profesión, e imparte clases. Pero nunca sabemos en qué consisten sus experimentos a cabalidad. La primera escena ocurre a la hora de la cena. Es una acción anómala. Los personajes van apareciendo de forma espectral alrededor del protagonista. Primero golpean a la puerta. Es el cuidador que viene a traer la cena. Allí viven, al parecer, el cuidador William, y su mujer, la señora Milly William, casi una ma-dona, asediada por los estudiantes que la buscan por cualquier pretexto para amamantarse de su sabiduría, sus sobrino de rancio abolengo, Felipe Swidger, y está también el anciano Redlaw, profesor. Todos aparecen a la hora de la cena, ¿o es el químico quien aparece a la hora de la cena en la vida de ellos para contemplarlos? ¿Están vivos o son pasajeros de otros tiempos? El señor Redlaw se queja por las averías del cuerpo, pero sobre todo por el peso de los recuerdos en la vejez; el químico discute que la esencia de la vida son los recuerdos, aunque estos resulten penosos y provoquen dolor. La discusión sube de tono al desafío. Es la juventud contra la vejez por imponer su propia perspectiva de la vida. La señora William dice que en la calle vecina, Jerusalem, en la casa del vendedor s de periódicos, se ha alojado un estudiante enfermo que ella socorrió de la lluvia en plena calle. El muchacho parece vivir un trance de culpa por un suceso no del todo aclarado en su pasado, acerca de la muerte de un familiar. Esa pena lo ha trastornado. Redlaw propone ir de inmediato a asistir al muchacho. El comedor se queda vacío. El protagonista que ha discutido en términos filosóficos sobre los recuerdos con el viejo que se queja, ahora está solo. Entonces aparece el fantasma, que es una proyección de sí mismo. En el diálogo que sostiene con su tulpa se hace evidente que la derrota de un amor sublimado y la pérdida de aquel ser motivó en él su retiro del mundo. También se expresa el deseo de construir un artefacto imaginario para borrar los recuerdos. El relato se narra en tres movimientos titulados: El don dispensado, El don distribuido, El don devuelto. Siguiendo pistas obvias, uno puede aventurar que el tema del libro es literalmente un don. Pero el libro no es obvio. Es hermético. El don es un atributo especial que alguien da a otro. Pero este don no es algo en el mundo sino un poder alegórico, sobrenatural. Y lo otorga un fantasma. Sabemos sí que el químico habla con su fantasma. Que el fantasma es al parecer una creación mística, un tulpa, una especie de gollem, de alter ego proyectado y materializado por la fuerza de la mente o las investigaciones químicas o alquímicas en ese espacio irreal lleno de vapores mefíticos. El ser de su imaginación, puesto en la función mefistofélica, le otorga el don de purificar su pasado borrando todo rastro del dolor. El químico acepta. Tras recibir el don, tratará de aplicarlo en su propia vida y luego en la vida del estudiante atribulado. La reacción desfavorable de la vida humana a la pérdida del pasado, de los recuerdos del dolor, le harán desistir del don adquirido. Lo devuelve. Entonces, en la fecundidad de una estirpe, se le revelará el sentido de la vida. ¿Qué se esconde detrás de este relato de incoherencias esotéricas? ¿Puede romperse el aparente hermetismo del texto? ¿Cómo descifrarlo? Creo que el enigma no pertenece a los procedimientos narrativos. Porque en ese caso todo el sentido obligaría a hacer un inventario de escenas, de personajes, de sentidos explícitos y sentidos implícitos y una simplificación del sentido del tema a una moraleja fácil: el dolor de vivir proviene de la pena, de la derrota, de la perdida, de la muerte, de la finitud. El enigma del libro, como en el I Ching, como en el Tarot, es de naturaleza mutable: se modifica según el universo interior del lector. Para mí es de naturaleza alquímica y reside en dos aspectos: el aspecto de El doble, y el aspecto de la interrogación del recuerdo. El misterioso aspecto del doble es que está al servicio del creador como los genios de las lámparas. Si un don (su sucedáneo: una droga, una religión, una disciplina monástica, un poder demoniaco) es capaz de provocar un borrón en la parte que no nos gusta de la vida vivida para purificarla, supondremos que no habrá lugar desde entonces al sufrimiento. Pero la vida es anterior a los recuerdos. Los recuerdos fijan el pasado. Para que no haya recuerdo, para que la vida no pueda ser fijada, para que el dolor y la muerte pierdan sentido, es imperante impedirla. No proyectar la estirpe. No multiplicarse. La madona que brinda consuelo en este libro es fin de estirpe, de forma voluntaria. Ante esa revelación, el que recibe el don, lo devuelve, porque el anhelo de borrar la sombra de la pena de los recuerdos que nos provocan dolor contradice la vida misma. Pero no contradice el anhelo. Los remedios para la muerte son menos drásticos que para la vida eterna.


Y mi película:


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