9 de abril de 2014

Fin de fiestas, de J.S. de Montfort

¿Salen o entran? Jose María Jovet
La desaparición de una mujer, la historia de un pirómano en las fallas de Valencia, la remembranza de una banda de rock and roll colegial desintegrada por la adultez de sus músicos, son los relatos cruzados que van tendiendo su urdimbre sobre una trama invisible. Si la trama que sujeta esos vasos fuese visible, el primer conjunto de relatos de J.S. de Montfort sería una novela. Los relatos de Fin de fiestas tienen vasos comunicantes que se expanden en todas direcciones.  Sin embargo, cada parte de Fin de fiestas aporta a un universo narrativo total: en medio del capitalismo, en medio del materialismo, en medio del consumo, en medio de la producción, en medio del trabajo, en medio de una crisis económica, en medio del desempleo y la diáspora, en medio del ruido de fondo de las ciudades y la producción, discurre la vida.

Sartre, al escribir sobre 1919 de Dos Passos observó que las historias narradas eran vidas sin tragedia; historias transcurrían en un instante de tiempo que parece desprovisto de sentido hasta que se comete un error, hasta que ocurre un desliz que lo transforma todo. En Fin de fiestas este error es la peripecia que produce lo que llamó Aristóteles la Anagnórisis: un reconocimiento de sí mismo. En este conjunto de cuentos, son peripecias y reconocimientos cotidianos que dan pretexto a la narración, modelan el tiempo del relato y modifican la vida de los protagonistas: te accidentas en un remolque en la fábrica donde trabajas, tus padres te invitan a celebrar sus bodas de plata (justo a ti que acabas de atravesar un divorcio), tu hermano es el delincuente que dicen los diarios es buscado por sabotear con un incendio una fiesta popular, encuentras en un estacionamiento al compinche rocanrolero de los tiempos fáciles de la juventud, se muere tu padre y al volver del entierro tu madre saca un álbum de fotografías viejas que disparan esa parte del pasado que creíste perdida y solo puedes preguntar: ¿lo que recordamos es equivalente a lo que olvidamos? ¿Por qué recordamos unas cosas y no toda la vida? ¿Por qué recordamos cosas que parecían olvidadas? Encuentras un grafiti en la calle y te preguntas quién lo puso allí y qué esconde esa denuncia pública.

¿Encadenamientos, sinapsis, vasos comunicantes? He meditado qué expresión merece esta forma de contar que tan útil ha sido para clásicos como John Dos Passos (1919) o modernos como Lay Loriga (El hombre que inventó Manhattan), pero creo que son solo percepciones las que van enlazando cada punto de partida. Vas por la calle, percibes una silueta de alguien que conociste, encuentras las huellas de un incendio, ves un anuncio con el rabo del ojo, y entonces descubres que llevas años encontrándote con el anuncio, que la silueta vista pertenece a alguien a quien conociste, y en esa percepción instantánea lateral se esconde otro universo subjetivo. La forma en que están organizados, los convierte en cuentos encadenados y anticipatorios: cada uno tiene un elemento o un personaje del cuento o un escenario que continuará en el siguiente, y cada uno tiene un final abierto, que es solo el final de la escena, pero no el final de la vida del protagonista. De manera que están enlazados por percepciones tangentes, como en los sueños: un detalle imprevisto se magnifica y el sueño se expande en otro sentido.

Lídice y el pez rojo. Es el relato de la obsesión de un estudiante universitario ante la eventual ruptura de su novia esquiva. La muchacha, Lídice, ha solicitado un margen de tiempo para resolver la suerte de la pareja, pero esta tensión por la ruptura eventual se convierte para el narrador en una obsesión que se manifiesta en la ansiedad de movimiento, el afán de proyectar la imagen de la muchacha en todo y la inserción involuntaria de razonamientos cómicos. La obsesión por la muchacha poco a poco se traslada a la obsesión por el pez rojo (que ha comprado para auto celebrarse el cumpleaños), lo que resulta un punto de fuga acertado porque el conflicto real (la ruptura amorosa) queda escondido y el cuento solo desarrolla el pretexto dramático: la historia del pez. Todos los personajes del entorno del protagonista resultan involucrados en la obsesión a través de ese pez. La interioridad del narrador se revela patológica con la inserción del número de habitantes cada vez que hace alusión a un pueblo o ciudad. No hay relevancia aparente en esos datos con que enfatiza que París tiene ocho millones, y que Valencia tiene dos millones y que el pueblo de su amiga cincuenta mil, pero esos datos anormales enrarecen la narración y dejan ver la perturbación del narrador. En retrospectiva, la inserción de los datos estadísticos me sugieren una intensión global plasmada en todo el conjunto de relatos: hacer historias minimalistas sobre todas esas tragedias minúsculas que esconde la cifra de habitantes de una provincia del mundo.

Ha sido Asier. Es la historia de Asier Mendizábal, que incendió una especie de tótem, de muñeco de comparsa, en la celebración de las fallas de Valencia, porque asociaba el muñeco del festejo a un tiempo de felicidad de la mujer que lo echó de su vida. Es la narración de una venganza simbólica, de otra perturbación. Pero en este cuento se cruzan todas las historias que se desarrollan en los demás relatos. Es una especie de núcleo del libro, porque ahí están los escenarios y personajes y dramas de los otros cuentos, descritos en medio de un diálogo que sostiene el cuñado de Asier con un amigo para confesarle que ha descubierto el origen del incendio de las fallas y ha denunciado a su cuñado ante la policía. Si un libro de cuentos, tiene un centro que se ramifica y todo parece estar conectado con todo, ¿sigue siendo un libro de cuentos?

Se vende. Es la única narración donde el autor imagina la interioridad de una mujer. En las demás historias las mujeres aparecen solo como imaginaciones de terceros. Aquí el narrador enumera los recuerdos de Sofía. Es la historia de la sorpresa de Sofía ante la venta de un departamento que antes le ha sido prometido como herencia por su padre. La historia ocurre cuando la protagonista descubre en casa de su madre a los nuevos dueños del departamento que acaba de ser vendido sin su consentimiento. Es al mismo tiempo la historia de un abismo generacional: la hija que se va a la ciudad para estudiar y hacer la vida, porque la vida en el pueblo no era la vida, y cuando regresa ya no encuentra su propio rastro.

Fin de fiestas puede ser un relato coral separado por varios puntos de vista. Lo que en un relato es clímax, acto esencial, núcleo dramático, desde otro punto de vista es un dato periférico. Así un nombre que figura en un grafiti se convierte en una remembranza para un vigilante, en una epidemia de grafitis para un transeúnte, en una desaparición provocada por la diáspora económica para un tercero; así la historia trivial de la banda de rock and roll desintegrada gana importancia por la cantidad de miradas que tienden a ese tiempo sublimado: los años 90s de España.

En la suma de interioridades puede esconderse un relato social. Todos los protagonistas de este primer libro de relatos de J.S. de Montfort están en la medianía de la treintena, es decir que vivieron la juventud en los años noventa y se embalaron por la ruta del bacalao. Referirse a un tiempo idílico ya caduco es otra manera de señalar que los protagonistas son los damnificados del Estado de Bienestar y de la economía globalizada, de la burbuja inmobiliaria, del paro y la amenaza del desempleo. Son relatos de gente que se formó a nivel profesional para acabar endeudados laborando en oficios menores, gente que está arrinconada en una parte de la cadena de producción y embebidos en el consumo; son relatos sobre los oficios terrenales de un país en la diáspora social, en la debacle cultural (espiritual) y en la crisis económica.


Fin de fiestas de J.S. de Montfort, editado por Suburbano Ediciones, puede comprarse siguiendo este enlace: 

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