16 de septiembre de 2014

La América de una planta, Ilf & Petrov


Estos son los primeros rusos que fueron a la luna, los primeros que descubrieron América, los primeros que dieron la vuelta al mundo. Actúan y se comportan así, como pioneros, como niños que acaban de descubrir Disneylandia. Se dejan sorprender de todo. Todo lo magnifican. De todo toman nota: de las bombillas a la entrada de los teatros, del color del cielo proyectado sobre los rascacielos de acero, del tiempo y los lugares insólitos en que leen los neoyorkinos. Nada de un día parece escapar a su voracidad de observación, porque son dos cronistas escribiendo como si fueran uno, porque son cuatro ojos en lugar de dos. Cada día llegan a su hotel y pasan la noche tecleando impresiones en la máquina de escribir. Las cafeterías, los espacios públicos, la ciudad aérea de los rascacielos les llama especialmente la atención. No hay que olvidar que son soviéticos estalinistas de visita en Estados Unidos. Que el país ya lleva un lustro desde el crac y están sumidos en la gran depresión, aguardando que estalle una guerra mundial para poner en marcha la industria. Que las calles están llenas de gente en la miseria, sin trabajo, que acude a los albergues de la asistencia pública. Que no se dirigen a gringos, a quienes todos sus hallazgos les parecerían triviales, por ser cotidianos. Que escriben los reportajes a cuatro mano para Pravda, un periódico masivo de Rusia. Que sus palabras serán prácticamente una guía para forasteros.

De manera que el patrón de comparación siempre será un referente común: Moscú. Los edificios de Nueva York comparados con los de Moscú. La ropa de Nueva York comparada con la de Moscú. La comida gringa frente a la comida soviética. No dejan de ver Moscú en todo lo que ven en Nueva York. Solo están quince días, pero dan cuenta de varias ciudades en una: los edificios, las gentes, las costumbres, los espacios. Luego atraviesan de costa a costa el país en automóvil, guiados por los cicerones Adams, una pareja. En ese viaje redescubren las grandes llanuras arrasadas por los torbellinos de la gran depresión, los contrastes de la segregación, y les parece que Nueva York es un espejismo, que Estados Unidos son varios pisos, de los cuales ellos solo conocerán el primero.

Esta minuciosidad de niños entomólogos es lo que convierte su crónica en la postal perfecta de los años 30. Ahí está ese tiempo, congelado. La mirada virginizada es la del forastero; la mirada que absorbe y sublima detalles y permite pasear aun hoy por el Nueva York tras el crac. Más allá de los entusiasmos e hipótesis para explicar los contrastes y paradojas de este mundo nuevo, a esos arrebatos debemos un descubrimiento: una época es una forma de vestir, una forma de transportarse, una forma de hablar, una forma de construir, una forma de divertirse, una forma de comerciar. El pasado es tan infinito como el futuro. Pero la gente del pasado no sabe que en cincuenta años la ciudad se habrá transfigurado y todos los que se cruzan en una calle estarán muertos.

El Nueva York de Iliá Ilf y Evgeni Petrov es el de 1935. Y sin embargo, ese Nueva York, ya desaparecido, se aparece en la mente de los lectores del futuro, como el mapa de un mundo desconocido y nuevo. Curioso que el pasado nos parezca nuevo. Los temas de observación eran las máquinas, la indumentaria, el paisaje, las técnicas de construcción, las costumbres tan extrañas como cantar alabanzas a Dios antes de recibir una limosna del gobierno. Eran dos cronistas, pero parecían espías industriales. Una descripción de un emblemático edificio de acero recién construido, el Empire State, es un ditirambo del progreso. Eran futuristas. Buscaban pistas del porvenir en el presente. Narraban su viaje para los rusos sumidos en los planes quinquenales. Para verificar el que sus observaciones no fuesen parciales ni erróneas, atravesaron el país cuatro veces por carretera de costa a costa. En una cena, conocen a Hemingway, que acaba de conquistar una pequeña celebridad por revelar las infidencias de sus amigos en su novela Fiesta. El novelista les dice que si están en busca de descubrir la verdadera América, deben vivir las dos caras de esta experiencia: ir primero a ver la cárcel de Sing Sing, y luego ir a pescar con él en Key West. Es decir: conocer el placer y el castigo. Hemingway les ayuda con la cárcel, porque su primer suegro estaba encargado por entonces de la administración del penal. Antes de ir, les recomienda especialmente la contemplación de la silla eléctrica. Este culmen de la forma de administrar justicia en plena civilización occidental, les provoca el gran shock entre los dos mundos. Sorpresas parecidas les deparará los mingitorios de la segregación racial, el espectáculo de la prostitución femenina, las condiciones de la prisión y la miseria amontonada en las calles por la debacle de la banca: la fugacidad del valor del dinero.

Necrológica: tan caros tesoros son los que rescató el editor catalán Jaume Vallcolba en su editorial pontificia, que se necesita de una fortuna para tenerlos todos. Los libros de memorias de Editorial Acantilado son los más fascinantes: Contra toda esperanza de Nadezna Mandelstam, Vida de Samuel Johnson de Boswell y los diarios de Tolstoi resultan rescates invaluables en nuestra lengua, que muestran el espíritu del editor fallecido. Esta crónica de viajes de Iliá Ilf y Evgeni Petrov es uno de los más raros del catálogo. Descanse en paz con los poetas provenzales.
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