21 de mayo de 2015

Con los ojos bien abiertos, Saúl Álvarez Lara

El aumento del poder adquisitivo y la demografía provoca un aumento de la producción de libros, no de la calidad en la literatura. Esta breve hipótesis sobre los ascensos de clase y población a modo de escolio para aquellos que se ufanan en ferias de libros (esos desfiles de cadáveres), de que la literatura en español “goza de buena salud” “está pasando por un momento sin par” “no tiene precedentes”, ya que hay gente escribiendo por todos lados (y a continuación citan a sus tres amigos extranjeros conocidos en ferias como lo más insigne de la hornada); en fin: hipocresía archiconocida que ya había barajado el candidato presidencial Carlos Fuentes para ceder la antorcha a seminaristas designados (de forma notable, se había dado cuenta de todos menos de Bolaño, el que importaba).

Las grandes novelas de la década anterior en este idioma no sobrepasan los dedos de una mano. Y para más señas, no fueron escritas por autores de España. Y es que Vila-matas, por hacer una aclaración pertinente, es francés. Tal vez haga falta recordar que la prosperidad de la industria editorial en castellano, dominada por editoriales españolas, tuvo su esplendor en los años noventas. Si hacemos un inventario doméstico, hay que recordar que en la década de los años noventas las filiales de Planeta y de Alfaguara y Norma (la única editorial colombiana con filiales en el continente) sumadas tenían más autores colombianos y latinoamericanos que los que se publicaron en los primeros años de este siglo que acaba de abandonar la niñez (Norma ya desapareció).

La crisis económica redujo el mercado del libro en España y lo que pareciera un incremento de la publicación de autores nacionales en las filiales de América Latina se explica por una táctica de salvamento del empresariado español cuya banca, bienes y servicios, call centers, alguna industria (incluida la editorial), desembarcaron en latinoamérica para resguardar sus capitales en riesgo.

Sin embargo, la cadena del libro que se impuso con ese modelo no es menos excluyente ni menos parcial ni menos arbitraria de lo que fue en la década pasada: los catálogos de los oligopolios se forman con análisis de mercado, con compras de sellos pequeños de calidad probada, y con autores que luego de un barrido antropológico del mercado (consumos, escolaridad, clase, corredores comerciales) reúnan algunas de las condiciones deseables: que tengan tribuna pública (en un periódico nacional, preferiblemente), que tenga una marca de agua (en sus temas, en sus rostros), que produzcan una literatura lineal, sencilla, sin niveles narrativos, sin registros lingüísticos, y con temas que deriven o emulen subgéneros populares (novela negra) o que provengan de experiencias personales y puedan ser acompañadas las solapas por el rotulo de los documentos basados en hechos reales que son los más vendedores.

Sin embargo, aunque un libro bueno o malo rompa la barreras de acceso a la edición, es generalmente literatura que no atraviesa fronteras. Barreras de tipo económico, político o lingüístico hacen que no haya acceso a lo que se publica en el país de al lado. ¿Cuántos autores colombianos se conocen en Venezuela o visconversa? A veces desembarcan nombres y obras desconocidos a través de las grandes ferias que son tres: Guadalajara, Buenos Aires, Bogotá. Mientras tanto, César Aira publica sus noveletas en mil editoriales chiquitas, Mario Bellatin ahora se autoedita sus libros, y solo países como México han reducido sustancialmente las cifras de importaciones de libros españoles y ha presenciado un aumento de la edición nacional notable, lo que hace pensar en un crecimiento y un viraje a la producción editorial nacional.

Mientras tanto, pululan esos mitos sobre la fortaleza de la gran literatura latinoamericana actual: una flagrante confusión que supone lo nuevo con lo actual, lo periférico con lo provinciano, lo joven con lo bueno, lo importante con el estreno, y que ha dejado en el olvido (sepultadas en las ediciones periféricas y en las librerías de usados) las obras sólidas de autores tan importantes y vigentes como Abelardo Castillo (uno de los grandes de la literatura argentina), Antón Arrufat uno de los autores con prosa y poética más insignes de la literatura cubana (literatura de periferia por el ostracismo cultural en que se ha tenido su pueblo por los castigos de la política intenacional) o Levrero (considerado solo autor de culto, seguido por una inmensa minoría entre Uruguay, Bolivia y Argentina), Jaime Jaramillo Escobar, el poeta con obra más sólida cuyas ediciones han sido todas departamentales, ni siquiera nacionales. Otros casos paradójicos pueden ser la nula circulación en América Latina de obras poéticas (salvo en Cuba donde la poesía es tan abundante como la ficción) y entre estas ausencias, la obra de Leopoldo María Panero que aún espera las ediciones críticas y el rescate de sus manuscritos para posteridad (murió en 2014), a Nicanor Parra a quien se le reconoció solo tras recibir el premio Cervantes al cumplir cien años. Y en cuento, baste mencionar el caso de Hebe Uhart a quien la editorial Alfaguara acaba de editarle de sopetón tres libros de cuentos (la autora ya está en los ochenta años). Autores con obras portentosas en sus géneros, obras arriesgadas, que quedaron momificados, o quedaron relegadas, por las leyes del mercado editorial durante décadas mientras que en los suplementos y revistas de la industria oligopólica se promocionaban, con el viejo truco de la publicidad de pago, algunos géneros obscenos pasados como la literatura portentosa: la autobiografía precoz, la novela policiaca, y ahora el autoexilio de la clase media alta que sirve de pretexto para incursionar en periodismo gonzo de los practicantes, becarios o turistas de la nueva generación (quienes reclaman a gritos un crecimiento de la literatura snob).

Ningún novelista nacido en los años 70s que haya sobrepasado la prueba de fuego de escribir 20 años sin verse publicado en una editorial de gran despliegue va a salir a decir que la novela sobre nada, o la vergonzosa y precoz subjetividad o los precocidos policiacos de hoy son el camino de la gran literatura del porvenir (si siempre se ha hecho y nada que vemos las grandes obras). La gran literatura espera tranquila, en el pasado, a sus relevos, porque para la literatura cuarenta años es el espacio en que los escritores pueden lograr la afinación del idioma que les tocó en suerte. Los escritores son solo instrumentos para un relato coral sobre un siglo, o una nación, o una literatura en formación.

Mientras, algunos locales que juegan en un club extranjero, dirán que lo tenemos merecido, eso, que no nos editen, que la literatura aquí es muy provinciana, que en cambio para ellos la traducción es su escuela, o que el país natal visto a la distancia es mucho peor de lo que les tocó a los coterráneos, o que García Márquez era un ignaro en lo que concierne a la teoría de la literatura moderna. Pasan por alto que los únicos aliados de García Márquez, para usar la observación de Cepeda Samudio, sean el idioma castellano y Faulkner. Puede que Colombia (lo que pasa aquí) se vea más chistoso o parezca más grotesco visto desde España, o a través de lo que se difunde en redes sociales y por ahí se explique tal altanería. Esto también es hipótesis. Lo importante es la puerilidad de estos discursos, porque se dicen para autoprocamarse como el relevo generacional que necesitaba la literatura en este idioma. Lo importante es la gran ausencia que hay en la narrativa actual de las pruebas de fuego de la gran literatura: no hay grandes crónicas familiares, no hay distopías ni panfletos históricos, no hay polifonías, no hay experimentos formales (sus autores están condenados al ostracismo), no hay literatura políticamente incorrecta, y la memoria se destaca por se amnesia; solo perduran las secuencias cronológicas lineales, monologantes de burgueses que posan de irreverentes y escriben en primera persona, y abundan los temas vacíos de “la cultura de masas”: el fútbol, las confusiones corporales, las migraciones educativas, el desplazamiento por el paisaje urbano. Ya la editora y crítico cultural, Margarita Valencia, señaló que justo lo que más ha marcado la vida social de Colombia (el conflicto armado) prácticamente ha desaparecido en el tratamiento literario de sus autores más jóvenes. Lo que abre preguntas sobre quiénes están haciendo eso que etiquetan como "literatura colombiana". A esta observación había que agregar que ese conflicto armado desapareció de las publicaciones de autores colombianos promocionadas por las editoriales españolas con filiales en Colombia, o simplemente se canceló para dar paso a los libros periodísticos de coyuntura, o solo se admitió de forma tangencial con libros testimoniales (escritos por un doble en la sombra), o a medio camino entre el testimonio y los géneros periodísticos. Sin embargo, es de celebrar que a las leyes del mercado y a los rigores de cifras de ventas se le hayan filtrado las obras de Tomás Gonzales, de Evelio Rosero, de Rafael Baena, de Miguel Torres. (Fenómeno a estudiar desde las editoriales fagocitadas, los premios internacionales, los catálogos literarios consolidados, la edad).
En síntesis: en latinoamérica hay un oligopolio editorial controlado por editoriales españolas. Publicar dentro de ese sistema es muy difícil (si no reúnes en tu obra, en tu persona, unas condiciones casi aliterarias). Y por ser lo que más eco hace en prensa, en ferias, convoca a equívocos (suponer que es la literatura más representativa de una sociedad). Por suerte, hay formas alternativas, ahora más que nunca, de saltarse los canales de la edición comercial y en cierto grado, oponerse al monopolio (internet, pequeños sellos, autoediciones, editoras cooperativas).

Ya desahogado, lo que vine fue a proponer este festejo: la publicación, en libro, de Con los ojos bien abiertos, Saúl Álvarez Lara y el inicio de catálogo de Ficción. La editorial, Medellín. Curioso que en Medellín convivan hoy los mejores escritores que tenemos (un cuentista, un poeta y un hereje) y que probablemente no se conozcan ni sean amigos. Contiene este breviario una selección hecha por el autor de lo más representativo de su obra bloguera aparecida en www.lamarginalia.com (el título del libro va seguido por una aclaración a modo de subtítulo: Cuentos, coincidencias y serendipias).
Este último término destaca sobre la oferta. La serendipia, no es, como a priori pudiera pensarse, una enfermedad venérea (serendipity, es la palabra con que algunas personas irresponsables se autodefinen en el perfil de su red social favorita). Pido excusas de antemano por recurrir a Wikipedia, pero es que fenomenal como lo exponen ahí:
“El término serendipia deriva del inglés serendipity, neologismo acuñado por Horace Walpole en 1754 a partir de un cuento tradicional persa llamado «Los tres príncipes de Serendip», en el que los protagonistas, unos príncipes de la isla Serendip —antiguo nombre persa de la isla de Ceilán, la actual Sri Lanka— solucionaban sus problemas a través de increíbles casualidades. Las versiones inglesas del relato provienen del libro Peregrinaggio di tre giovani figluoli del re di Serendippo publicado en Venecia en 1557 por Michele Tramezzino, según traducción de Christoforo Armeno.1 2 El cuento se recoge en el libro de poemas de 1302 Hasht Bihist (Ocho paraísos) de Amir Kushrau. La palabra serendipia se usó mucho en sus orígenes, pero fue cayendo en desuso. Ha sido rescatada recientemente gracias al renovado interés en este tipo de asuntos y a otros motivos culturales (hay una película de 2001 con este título, dirigida por Peter Chelsom y protagonizada por John Cusack y Kate Beckinsale).El término chiripa, mucho más utilizado en lenguaje coloquial, podría considerarse también como un sinónimo de serendipia, si bien se tiene como un modismo de uso no general en el mundo hispanoparlante.” 
Pues bien, chiripa. ¿Qué es entonces? ¿Un favorecimiento del azar? ¿Una zona erógena recientemente conocida? Pienso en los usos: “un gol de chiripa”, “se ganó el premio de chiripa”, “quítese esa chiripa de encima”, “me rasca la chiripa”. Parece una causalidad pasada por casualidad al desconocer su mecanismo. Insigth, dicen los científicos, cuando hay una clarividencia súbita que soluciona un invento.

Entre las serendipias, chiripas o causalidades de este libro, está la de un tipo que reescribe El Aleph de Borges a través de los métodos de borrado de referencias o permutas del referente (implementadas por Borges en algunos de sus cuentos más notables). Con el cruce de correos entre el autor y su amigo plagiario se va haciendo cada vez más y más clara la idea del palimpsesto perfecto: aquel que consiste en tergiversar creativamente la idea original del autor (ver ejercicios espirituales) como motor de la creación para lograr algo nuevo.

Entre las Coincidencias está el encuentro entre dos cadáveres vivientes (un confundidor y un confundido, un observador y un observado) que es la historia casual de algo anómalo (ver Sucede en las filas) donde un ciudadano es confundido por otro con algún conocido y usa esa confusión como pretexto para tener de qué habar mientras les llega el turno. En la fila, donde se desarrolla la historia, el confundidor le cuenta al confundido el negocio redondo que cambiará su vida (vender tapas de alcantarilla). Aquel ciudadano sin coordenadas que se sorprende de pronto convertido en otro por la insistencia del confundidor, acaba por perder su identidad, toda coordenada, al ser sometido a un proceso progresivo e infalible de borrado por parte de un sistema de información de salud que insiste en desconocer sus huellas digitales y por ende en negar sus datos personales.

Entre los Cuentos que ofrece el libro está el de un hombre que se levanta con la idea de que ese día va a hacer algo que cambiará radicalmente su vida, lo planea todo, cómo va a borrarse, cómo va a trasvertirse en un actor húngaro, pero nunca veremos más allá del plan, porque todo quedará en los preámbulos (acaso sólo sea el inicio de una novela futura).

A priori, parecen simplemente experimentos con la ficción, a partir del potencial literario de todo lo que nos rodea cuando le aplicamos a la vivencia diaria lo anómalo (un encuentro insólito entre dos desconocidos, un diálogo capturado al vuelto en un café, un encuentro con una vendedora de poemas en el metro, una cita a ciegas con el famoso que nunca llega, la sala de embarque de un aeropuerto donde un escritor se vuelve el tema de otro escritor, los ensayos breves basados en hipótesis: qué pintaría Archimboldi -entendidos sus métodos de composición como síntesis de la escenografía de la época-, si tuviera que pintar hoy con el decorado de la nuestra: celulares, carros, motos. Las interrogaciones sobre el arte de la fotografía (la escuela formativa de Saúl Álvarez Lara proviene de las artes plásticas). Las indagaciones sobre los métodos de composición de autores afines: Enrique Vila-Matas, Georges Perec, Felisberto Hernández, Borges; las preguntas infinitas sobres las vidas de los demás cuando somos minuteros en un mundo de segunderos (Lichtemberg) cuando avanzamos a paso lento, o le aplicamos otra dimensión del tiempo al tiempo de la urbe y vamos por la calle con el ojo atento en medio del flujo constante de seres acelerados y anónimos que desfilan por un andén de cualquier ciudad (él observa en Medellín).

Saúl Álvarez Lara hace literatura sobre espacios públicos, o sobre la gente corriente, la que pasa por la calle, la que se gana la vida en los andenes, los funámbulos, los poetas sin editor que venden cuartillas a gente que no los mira, los obreros de la rusa; literatura de paseante urbano, literatura donde otros ven aburrimiento, literatura con las filas interminables para pedir una cita médica, con los puntos de encuentro donde la gente nunca se encuentra, con la espalda y el perfil de los que se te cruzan a diario y siempre estas ocupado para ver, para comprender que ese movimiento constante acelerado es la vida. La aparición de este pequeño volumen en una colección editorial alternativa, que ha sido definida como Literatura Portátil, supone un paso más entre las formas que encuentran los marginales de oponerse al sistema editorial de oligopolios. Es una autoedición con mejor factura que la de muchas editoriales conocidas. Pero además, es la carta de presentación de un catálogo subterráneo en busca de lectores. Bienvenida la literatura queer, sin cordenadas, los escritores cyborgs y los anarcos, el porno mantequilla, la distopía, la ucronía, el automatismo, el reportaje novelado, las tergiversaciones históricas, los hijos bastardos del viejo Chinaski, todo lo que no se ha podido decir porque no hubo lugar dónde decirlo, o porque hubo un discurso hegemónico que clasificó la literatura “vendible” en géneros pre cocidos con etiquetas y estrategias de venta. Nada de qué avergonzarse por el hecho de ser autoedición: Virgilio Piñera tuvo que empeñar sus únicos dos trajes para editar un libro en su ciudad, Andrés Caicedo se habría quedado inédito en vida si su mamá no le hubiera publicado El Atravesado. Si lo consiguen, la editorial cooperativa de Literatura Portátil con que tantos soñamos, será un fenómeno digno de aplaudir como City Ligths que editó a Bukowski, como Ferlinghetti que editó a los Beats. También cabe la posibilidad de que acaben editando lo mismo, o lo peor, y terminen por fundar otra editorial de mierda. Veremos. Todo está en el porvenir.

En cualquier caso, celebro esta nueva obra de Saúl Álvarez Lara (editado siempre por pequeñas casas académicas de Medellín, UDEA, EAFIT) porque es el libro de un verdadero autor fuera de serie. Desde ese libro de cuentos construido con la retórica de un guion de cine (Los cuentos de Juana, de Cepeda Samudio) habíamos estado esperando una literatura tan radical y auténtica como la que hace Saúl Álvarez Lara. No sabemos de qué huyen sus narradores (lo cual enriquece las posibilidades del correlato). No sabemos a dónde nos llevan esas asociaciones acrobáticas entre lenguajes (el arte, la fotografía, el cine, la literatura) lo cual provoca un derrumbe de fronteras entre géneros literarios. Leyendo a Álvarez Lara descubrimos con sorpresa que una ciudad (cualquier ciudad por muy estúpidas que parezcan las normas sociales de sus habitantes) es una máquina procesadora de argumentos literarios, de infinitas combinaciones de dramas humanos. Literatura que parece teoría fractal, que nos hace perdernos en la producción en serie de objetos suntuarios, que nos hace pensar en lo que podríamos ser de no aceptar seguir siendo lo que somos. Magia es lo que le sale del sombrero a este escritor.

Con los ojos bien abiertos, Saúl Álvarez Lara, Ficción la Editorial, Medellín, 2015,131 pg 

[Cómprelo aquí, no sea líchigo: ficcionalaeditorial@gmail.com ].

Enlaces relacionados:

Cinco segundos, Saúl Alvarez Lara, adelanto del libro, en Universo Centro

Foro Hispánico, La literatura argentina de los años 90s, Varios autores

El libro y la Cultura Económica, Gabriel Zaid

Manuel Gil: la FIL en cifras

Neoliberalismo y literatura en Argentina:
entre una retórica mercenaria y la autonomía de un arte crítico
Maria Cristina Pons

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