jueves 15 de mayo de 2008

A quienes juzgue la historia, los absolverán los medios


Hay que defender la historia, decía Paul Virilio. Pura ilusión. Hay un libro de la escritora Laura Restrepo que hoy se llama Historia de un entusiasmo, pero alguna tuvo un título más justo: Historia de una traición. Hay un pasaje en ese libro donde se recuerda la primera investigación a profundidad sobre el Paramilitarismo en Colombia. Son los años 80s. Betancurt, el pusilánime, en el poder. La mafia adueñándose de un millón de hectáreas en el Magdalena Medio y Córdoba, el ejército Nacional adiestrando abiertamente a escuadrones de paramilitares en predios de la Texas en Puerto Boyacá. Masacres. Magnicidios. Genocidios. Muerte a Secuestradores: “El procurador Carlos Jiménez entregó a Betancurt una lista de 163 acusados de pertenecer al MAS (Muerte a Secuestradores). El general Fernando Landazábal (próximo a ministro de defensa) escribió una editorial amenazante y fulminante en la revista de las Fuerzas Armadas (reproducida en los principales diarios): “Ante las perspectivas del desdoro de su dignidad, (los militares) podrían disponer su ánimo para una contienda de proporciones incalculables e imprevisibles que llevarían al país a una nueva fase de violencia”. No lo decía un simple general, sino un futuro Ministro de alto vuelo, y debió sonar un poco a amenaza de revuelta y de junta militar, en un momento en que Betancur se la jugaba con los guerrilleros echando los dados en la mesa con Mefisto, porque recuerda Laura Restrepo que hasta Ernesto Sábato, que estuvo en esos días visitando a Colombia, comentó: “Si esto sucediera en Argentina, ya habría un golpe de estado”. Pero Laura Restrepo usa la alusión para sopesar lo que ocurrió en la Colombia de esa década: “El presidente nunca más citó el tema, el procurador tampoco. Ninguna de las 163 personas fue condenada”.
El escándalo por paramilitarismo más grande que se haya dado en Colombia, sin embargo, no fue el que recuerda Laura Restrepo en ese libro, ni el Dossier Paramilitar que publicó la revista Semana en abril de 1989 donde se puso a la luz pública la estructura paramilitar de entonces, ni los procesos de Justicia y Paz que acaban de irse al carajo en 2008 con la extradición de los jefes Paras a Estados Unidos. El escándalo más grande y el proceso más evidente de nexos entre políticos y ganaderos y de industriales y de empresarios nacionales y extranjeros con el paramilitarismo, es el que se conoce a cuenta gotas desde hace dos años como Parapolítica. En este gran negocio, como decía Jaime Garzón de la cocaína, el que no tiene untado el bolsillo tiene untada la nariz. Con la extradición de los Jefes Paras no sólo se ve interrumpida la posibilidad de exhumar treinta mil osamentas desperdigadas y de ir aumentando la cifra de políticos encarcelados, sino de comprobar lo que era un secreto a voces y que había venido promulgando Mancuso y Báez y Jorge 40 desde hace mucho: que los padres del paramilitarismo y los culpables de tanta sangre y osamentas descoyuntadas en los 80s y 90s y en lo que va corrido de esta porqueriza de siglo, no son sólo son el amnésico Ramón Isaza (Caruso) y el mayor Alejandro Álvarez Henao (del batallón Bomboná cuando era en Puerto Berrío) y el general Faruk Yanine Díaz, y Fidel Castaño (Rambo), y Gonzalo de Jesús Pérez (en Puerto Boyacá) y Rodríguez Gacha, porque ellos son apenas los abuelitos de la camada, los que ya nadie nombra, porque salieron de la partida o están casi muertos. Parece ser que a los 163 personajes que investigó el procurador en tiempos de Betancurt debemos irle añadiendo dos o tres o cuatro ceros, acaso más, en pleno 2008. Los padres del paramilitarismo, los que pusieron la simiente, los dólares, la instrucción, los que adoctrinaron a una generación entera de asesinos en medio de la obediencia absoluta y la atrocidad cotidiana y el aplauso por los excesos de su brutalidad, son también quienes financiaron y dieron la mano a varios de los criminales que hoy se lleva Estados Unidos a juzgar en sus tribunales llenos de jueces y policías y testigos adictos. Es decir que junto a los parapolíticos, deberían estar yendo a la cárcel los industriales honestos de empresas progresistas como Postobón, Bavaria, Drummond, Banacol, Comcel, y todos los ganaderos de apellido Uribe y Velez y todos los mafiositos que coparon la plaza a la muerte de los grandes capos del Cartel de Cali y Medellín, y los que limpiaron el territorio a plomo y sangre para apoderarse de la tierra y de lo que ella esconde bajo las osamentas que ya nadie encontrará. De nada sirve hacer memoria en este país, porque a quienes juzgue la historia, los absolverán los medios. Los periodistas que callan, para poder conservar su empleo y sus vacaciones. Los periódicos que esconden el tamaño real de todo lo que acaece a diario en Colombia. Los noticieros que difunden la declaración del ministro y el general y el ministro y el vocero y las estadísticas imbéciles de sus urnas virtuales no para difundir la opinión pública, sino para generarla. Ni siquiera la clase intelectual se atreve a decir lo justo, porque lo justo es el silencio. Hace pocos días me llegó a oídos la frase que usa la historiadora Diana Uribe cuando la multitud de oyentes que la veneramos como a una madre culta y cruel le preguntamos por qué no dedica un par de semanas a hacerle la radiografía a su propio país desde la radio. La respuesta es sencilla, y comprensible: “porque yo quiero vivir en Colombia”. Cómo te entiendo, Diana querida. Cómo te esfuerzas para aludir a tu propio país con el ejemplo de la infamia ajena, con balas a Santander para que las escuche Bolívar. Pero no es suficiente. Hay que estar a la altura de la dignidad que te otorga el saber. Hay cosas más importantes que la vida, recuerda al I Ching. Yo, por mi parte, como estoy empeñado en empresas utópicas, en caminos que conducen a nada, he decidido en estos días de guardarse la esperanza en el bolsillo y sacarse la cédula y arrojarla al río más cercano, hacer mi alegato personal a la madre Patria, a mi puta madre. De nada sirve hacer memoria, pero la única dignidad que debe aspirar aquel que escriba es convertirse algún día en la memoria de alguien. Con eso basta.


Brevísima relación de la destrucción de una infancia

A finales de 1981, la mafia en asocio anunciaba la formación del grupo de exterminio MAS: Muerte a Secuestradores, para defender a los llamados secuestrables de las extorsiones guerrilleras, a raíz del secuestro de una hija del clan Ochoa por parte del M-19 (un grupo beligerante de sediciosos esnobistas venidos de la clase media que cobraron millones de dólares por retener colombianos para después soltarlos y volverlos a retener). Helicópteros que lanzaban volantes con el anuncio de muerte y guerra sobrevolaron entonces el cielo de Medellín y Cali y decenas de poblados y veredas del Magdalena Medio, y esta lluvia extraña a muchos pareció un poco fresca (el bebé que éramos entonces, tenía seis meses de nacido y desde los brazos de su madre sonreía al ver revolotear aquella llovizna de panfletos alzando las manecitas para alcanzar alguno). El 10 de marzo del 84 una flotilla de helicópteros fustiga los llanos del Yarí, en el Caquetá, donde hierve el complejo cocalero más grande de la historia conocido como Tranquilandia. El 30 de abril de 1984 la mafia en asocio responde al agravio de Tranquilandia cuando una ametralladora mini-Ingram calibre 380 accionada desde una motocicleta hace blanco con 7 balas de 22 disparadas al cuerpo del ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla (y coincidencialmente al niño le es llevada entonces una indefensa pistolita de juguete para que se entretenga mientras su madre trabaja duro cosiendo vestidos de luto negro). El 8 de noviembre de 1985, después de 24 horas de asedios y enfrentamientos dentro y fuera del palacio de justicia, tomado por los rebeldes en el corazón del poder, el ejército asalta con obuses el edificio leguleyo ocasionando el incendio y la muerte de los guerrilleros y de los rehenes que yacen dentro, y a muchos entusiasmó el espectáculo del comandante militar diciendo que él sólo estaba defendiendo la democracia, maestro, y que había entrado en paz con los tanques de juguete y desde dentro le dispararon con metralla y que por eso los levantó a cañonazos de obús (el niño tenía cuatro años, y ya andaba de nariz, postrado y estupidizado frente a la pantalla de un televisor marca Itachi, viendo a un transeúnte dar de comer a las palomas tranquilamente, mientras de fondo los militares y los tanques empezaban la evacuación y las desapariciones del Palacio). El 17 de diciembre de 1986 dos muchachitos subidos en una moto con placas FOX 84 ametrallan y logran poner ocho balazos certeros en el cuerpo del director del periódico El Espectador, Guillermo Cano, silenciando definitivamente sus recalcitrantes pesquisas a la mafia colombiana. El 11 de octubre del siguiente año los mismos muchachitos de la moto van de paseo, ahora en carro, por la carretera que conduce de La Mesa a Bogotá y se encuentran casualmente con Jaime Pardo Leal —quien es ya un candidato presidencial, y después de Guillermo Cano el principal denunciante de los terratenientes mafiosos— y aprovechan de paso para averiguar con su panza hinchada a qué distancia te arranca la vida una bala de metra mini-uzi nueve milímetros, fabricación israelí (el niño tenía cinco años, y en medio de otros niños ya no sonreía). Para el 16 de julio de un año bisiesto, durante la fiesta de la virgen del Carmen, las cámaras de televisión registran el momento en que el obispo de Manizales bendice en la plaza pública de Puerto Boyacá los fusiles paramilitares del escuadrón especial de asalto entrenado por mercenarios israelíes al mando de Yair Klein (tenía seis años el niño, y se preparaba para hacer la primera comunión, pero un reumatismo mental le impedía arrodillarse como el resto en aquella iglesia en semipenumbra). El año 88, de elecciones, guerras y masacres, empieza el 13 de enero, cuando una bomba casual es dejada frente al edificio Mónaco de Medellín donde reposa la colección de carros antiguos y dos o tres girasoles de Van Goth pertenecientes al narcotraficante Pablo Escobar Gaviria. El 4 de marzo son masacrados docenas de trabajadores bananeros en Turbo, Antioquia. El 3 de abril mueren treinta campesinos en una región del Córdoba llamada sardónicamente La mejor esquina. El 29 de mayo, durante el paro campesino del nororiente colombiano, el ejército al mando del coronel Rogelio Correa Campos abre fuego contra la multitud en la vereda Llana Caliente de San Vicente de Chucurí, Santander. El primero de septiembre los periódicos publican como noticia de relleno las imágenes de una masacre en Canalete, Córdoba. El 11 de noviembre dos camionetas al mando de Fidel Castaño Gil atraviesan el municipio de Segovia, Antioquia, y van dejando un reguero de muertos por el callejón de las reinas y la plaza principal, a cinco minutos de una guarnición militar donde no se vio ni se oyó nada (siete años tenía ya el niño, y bien definida desde entonces su noción de la muerte). El año 89, comienza en enero. El 18 de enero, para ser exactos. Ese día, una comisión judicial que investiga la extraña desaparición de 20 contrabandistas a manos de paramilitares de la región es masacrada en La Rochela, Santander, en un crimen por el que tendrá que pagar el estado colombiano doscientos mil dólares a razón de víctima individual veinte años después cuando pierda un juicio en su contra ante un tribunal extranjero. El 18 de agosto de 1989 rafaguean al candidato presidencial Luis Carlos Galán en la tarima pública que llevará su nombre desde ese momento. El 2 de septiembre el periódico El Espectador se vuelve migas con un carro-bomba que le explota al frente y resulta el comienzo de su ruina y su silencio. El 21 de septiembre explotan bombas como juegos de artificio por todo Bogotá ¡bum! ¡bum! y saltan sus cedes políticas. El 27 de noviembre un avión Boeing 727 de la agencia Avianca explota con 117 pasajeros en el cielo nublado de Soacha. El 6 de diciembre estalla en miles de partículas elementales el edificio del Departamento Administrativo de Seguridad, el más seguro del estado, bum, bum, bum: seis mil kilos de dinamita, bum, bum, bum: un camión explosivo puesto por el jefe de sicarios de Escobar alias “El Chopo” (y el niño tenía casi diez, y ya casi no era tan niño, y no quería dejar tampoco de serlo). La década de los noventas, la más sanguinaria de nuestra historia, comenzaría muy pronto con el asesinato número mil entre los militantes de la Unión Patriótica: Bernardo Jaramillo caerá acribillado en el aeropuerto El Dorado de Bogotá por las balas de un muchachito que se arroja sobre su cuerpo luego del acto a implorar perdón. Carlos Pizarro Leóngomez morirá dentro de un avión de Avianca por la metralla de un autómata que sabe que será ejecutado al instante por los guardaespaldas del ex guerrillero. El estado colombiano en asocio con demás carteles de la droga y los llamados PEPES (Perseguidos por Pablo Escobar) inaugurará la cacería feroz que sostendrá contra el narcotraficante más temido de finales del siglo. Mientras tanto, un nuevo ejército de descuartizadores se organiza para entrar en batalla al ruedo nacional y convertirse en el aparato de guerra más asiduo de la historia de crímenes que nos preceden. Esa fue la herencia social y por tanto literaria que recibió mi generación de nuestros antecesores. Bajo esa sombra nacimos con la voz secuestrada y tuvimos que construir obras hermosas.
Continuará
(Los años noventa)

Fotografìa: Autodefensas, Narcotràfico Carlos Medina Gallego
Jefes Paras: Radio Santafè

lunes 12 de mayo de 2008

El nido de la serpiente

La portada es la que pueden ver en la foto: Un enmascarado de oro vestido de chaqueta sesentera. Al parecer no dice nada, pero hay que leerse el libro entero para entender que es una gran portada. Eso es lo malo de los títulos y de las portadas: que sólo podemos entenderlos hasta la última página. Y si somos verdaderamente devotos de los libros, nos dejamos engañar por sus carátulas. Para mí hay tres portadas inolvidables: 1. Operación masacre de Rodolfo Walsh, Ediciones de la Flor (El cuadro de Goya que ilustra este blog), 2. Que me quieres amor de Manuel Rivas (sin título, el mero cuadro La hilandera de Jan Vermeer) y 2666 de Roberto Bolaño, de Anagrama y Photónica. Voy a hacerles la reseña de este libro que acabo de leer sólo por averiguar la insipidez de su portada y la enjundia de su interior, y empiezo por el final: “En la espalda tenía aquella frase: born to be free. A lo lejos se veían las luces de la Habana. Me sentía borracho, desorientado y aturdido. No sabía qué hacer. No sabía qué quería ni hacia dónde iba. Pero no podía detenerme. Tenía que seguir caminando y atravesar la furia y el horror.” Así termina estas Memorias del hijo del heladero. Cualquier parecido con el comienzo de Trópico de Cáncer de Henry Miller es puro tributo al maestro. Podría decir que así empieza la Trilogía Sucia de la Habana del mismo autor, pero es mentira, porque no la he leído y mal podría saberlo. Sin embargo no puede uno menos que quererse leer la sucia trilogía después de conocer este libro, puesto que las solapas dicen que este es apena el prólogo a la segunda entrega del Ciclo Centro Habana del tal Pedro Juan Gutiérrez. Lo editó Anagrama (¿quién más podría hacerlo?) en el 2006. No es una novedad editorial. Pero sí una novedad de lector. ¿Dónde más podría engendrarse un escritor y una prosa al mejor estilo de Henry Miller y de Charles Buckowsky (¿Por qué nunca puedo escribir Buckoski bien?) que en la mismísima Cuba? No sé dónde vive este señor Pedro Juan Gutiérrez. La solapa dice que en La Habana. Yo me temo que debe ser gusano, o que le debe haber ido particularmente bien con el régimen si vive dentro y publica libros de este talante en Anagrama. Pero es mejor no asegurar que le ha ido bien ni mal con la censura, porque al respecto no sabemos nada los que conocemos de lejos las vicisitudes de los cubanos: los escritores son tan extraños como las mujeres: pueden amar incluso a un monstruo. La historia del hijo del heladero es una historia de iniciación sexual. Pero detrás se esconde una historia de iniciación literaria. Y aun más atrás: la iniciación de un régimen comunista en el caribe. El protagonista, hijo del heladero, se llama Pedro Juan. Nunca dice que Pedro Juan Gutiérrez. Sólo que Pedro Juan. Y Pedro Juan, además de ser el hijo del heladero que se quedó sin hielo y sin energía para fabricar el hielo de las banana Split y el Cubalibre y el Wishky en las rocas que tanto gustaban a los turistas (en el momento que se acabó el turismo y se acabó el hielo y la energía para fabricar hielo en la Cuba revolucionaria de los años sesentas), es también un aprendiz de escritor. Sólo que no lo sabe. Lee a algunos de los buenos escritores (norteamericanos casi todos): Hemingway, Faulkner, Capote, Sartre, Hansum, Poe, Defoe, Dickens. Y un intelectual en la sombra, con una biblioteca clandestina, acaba por rellenar sus lagunas proponiéndole dos lecturas adicionales: Mi lucha de Hitler y El príncipe de Maquiavelo. Están prohibidos, dice el intelectual, léelos y la vida te será más fácil, porque entenderás los mecanismos del poder. Pero el hijo del heladero ya sabía lo suficiente para entender la vida y el camino de ser escritor:
Las reglas para afrontar el destino
Regla número uno de un escritor cubano, según Pedro Juan Gutiérrez: “Has oídos sordos a los aplausos y a las ofensas”. Regla número dos: “El mundo está vacío. Sólo existo yo y mis personajes. El resto no me interesa.” Regla número tres: “No imites a nadie. Y no preguntes. El camino debes encontrarlo tú solito. “Y regla cuatro: Pagarás un precio alto por alejarte de los caminos trillados.”
Debo hacer una pequeña digresión en la reseña sólo para señalar que si Pedro Juan Gutiérrez pensaba alejarse de los caminos trillados escribiendo lo que a muchos buenos corazones les eriza la piel y les da vergüenza, no llegó muy lejos. El libro fue escrito entre el año 2003 y 2004: a esas alturas ya debía haber más de cien epígonos de Buckowski (Buckoswsky, bucows..) y de Miller en toda América Latina. En Colombia nos ha quedado uno: Efraim Medina Reyes. En Bolivia me parece que también tiene otro. Y en Perú, y en Chile deben tener más de cien, y en Argentina y México, ni hablar: a lo menos miles. En Ecuador y en Venezuela deben estar un poco atrasados, atollados en Huasipungo y Doña Bárbara, pero alguno de esta línea saldrá más tarde que temprano, estoy seguro. El patrón que parecen seguir estos escritores es la de una literatura “dura”, que aborda el sexo explícito y cierta forma de violencia íntima como recurrencia narrativa. ¿Son los escritores sucios los niños terribles de América Literaria? Me temo que no. Más terribles son los presidentes de este hemisferio. Los senadores de Colombia. Los industriales de Colombia. El presidente de Colombia. Los militares y paramilitares y guerrilleros y mafiosos de Colombia, por ejemplo. Eso sí es ser un Enfant Terrible. Pero los epígonos de Buckowsky y Miller no lo creo. Su defecto no es que sólo imiten, sino que a pesar suyo, imiten mal. Buckowsky maneja una estructura clásica del cuento, con una técnica muy definida, y eso olvidan los replicadores ad infinitum de escenas sexuales sadomasoquistas sin sustancia. Un poco de carpintería del oficio no les vendría nada mal para frenar el exceso de semen literario.
Pedro Juan Gutiérrez es de esta línea de literatura “dura” que tiene buena acogida. Es el primer libro suyo que leo, pero no está nada mal dentro de la fauna cohonestadora de la literatura latinoamericana. La historia de iniciación sexual del hijo del heladero es aun más interesante que la de iniciación literaria: Pedro Juan, el narrador epónimo del autor, se folla putas, viejas, adolescentes, vírgenes, feas, pestilentes, enfermas, ladillentas, milicianas; se folla todo lo que le pongan por delante, pero nada lo satisface. En esta Cuba de los años sesenta, la mujer que no es puta, quiere irse de la isla, o sueña con lo que nunca tendrá: un marido acaudalado, hijos, casa, tranquilidad. Sin embargo, las únicas que parecen saber lo que es el comunismo, son estas mujeres de sexo tan generoso. Los hombres no. Un travesti burgués, el único con las dos sensibilidades y agudezas (la del hombre y la mujer, y la del rico venido a menos) es quien sabe lo que se avecina en Cuba en ese nido de serpiente, y es el que lo dice mejor que ningún otro, hombre o mujer: “Todo en este país va hacia la vulgaridad. Todo el que tenga pensamientos propios será condenado. Es un caos Kafkiano, un laberinto sin salida. El desprecio total.” El mismo personaje travestido el que le da la chaqueta que luce el enmascarado en la portada de Anagrama, y la misma chaqueta que lleva Pedro Juan cuando abandona a la última mujer de esos años y camina por una carretera directo a la Habana, sin saber lo que quiere y lo que será de de su vida: Born to be free. ¿Será cierto? ¿Nacer para ser libre?

miércoles 30 de abril de 2008

Póngale una bomba a la guerra

Cristian Valencia es un buen columnista. Eso no significa nada. O quiere decir simplemente que en el único diario nacional, donde hay más columnistas que reporteros, opinadores que investigadores, y páginas comerciales que paginas de noticias, un buen columnista debe ser opinador e investigador, todo en uno. Quería incluir algo de la Feria Internacional del Libro, pero está muy pobre, y la única vez que fui lo hice exclusivamente para oír a Alfredo Molano y a Naum Montt que hablaban sobre sus secretos de investigación a la hora de escribir sobre Colombia. Montt habló de las jornas de diálogo con la viuda de Rodrigo Lara, que fue la fuente primordial para su novela Lara, sobre el exministro asesinado, sobre Pablo Escobar y los años Ochentas etc etc. Molano recordó los Años del tropel y el relato sobre los bombardeos en el pato que le contara una anciana en el estadio de Neiva. Tal vez no volvamos más a esa feria del libro. El país invitado debería hacernos una demostración de Hara-Kiri, en homenaje a Yukio Mishima, su último Samurai, pero en vez de eso nos enseñan origami y yudo de imitación. Deberían poner una estadística que desvirtúe la falsedad sexual de Murakami, porque en sus libros todos viven fascinados con el sexo, pero hay que reconocer que japón es el país donde menos se folla, donde las mujeres no se mojan y a los hombres no se les para. Deberían haber arborizado de bonsais e investido de Gheishas los pabellones de Corferias, pero nada. Ni una sóla japonesita con quimono y sin ropita de fondo. La feria está jodida. No hay noticias. Ni publicidad. Ni escritores que atrigan. Ni ganas de ir. Deberían quitar el mote de Intenacional. Y dejarla en Feria del Libro, sin florituras, sin engaños. Si quieren libros baratos, vayan descuentos especiales de Random House y compren algo de Céline, o al pabellón de panamerican y consigan algo de las viejas ediciones de Emecé. Yo compré Araceli de Elsa Morante, para que no digan que todo me lo robo. O no. Mejor no vayan, y salgan mejor al centro de Bogotá, que por estos días, debido a la competencia, mucho rebajan.
Aquí les dejo la columna de Cristian Valencia, y una simpática invitación para ponerle bombas a Colombia. (foto)

COLOMBIA
Imagen versus realidad

Por Cristian Valencia

Un país en el que brincaría de rabia 'la gente de bien', si se mostrara en TV.
Un anciano decrépito está en una esquina bajo un aguacero torrencial. Está esculcando las canecas del distrito a ver qué come. A su lado, un pesado fardo de botellas y papel espera ser alimentado también para seguir el periplo. A dos cuadras de allí, diez niños trabajan en un semáforo limpiando parabrisas. Y, en menos de 20 cuadras a la redonda, usted podrá encontrar a dos hermanitos de 10 y 12 años haciendo de tragacandelas; a un pelotón de niños volatineros; a una anciana loca llorando desconsolada a las puertas de un supermercado; a unas mujercitas campesinas con minifaldas rosadas y camisitas ombligueras ofreciendo sus cuerpos por 10.000; a dos o tres familias de desplazados sin saber para dónde agarrar; a un niño indigente delirando por la cantidad de pegante bóxer que tiene encima; a un par de ladrones chiquitos mirando a la gente como si fueran guepardos en la sabana africana esperando la presa; a una patrulla de mendiguitos pidiendo la "monea pa'un pan".
Todo eso en un día cualquiera, digamos que un martes, a eso de las diez de la mañana, en el centro de Bogotá. En donde funciona la administración nacional. Allá donde están el Palacio, la Alcaldía, el Congreso, la Corte Suprema, las universidades. Qué cosa.
Y si un documental televisivo mostrara aquello tal cual para un público extranjero, brincaría de rabia el país de "la gente de bien" diciendo que eso es una campaña de desprestigio, que sólo trata de dañar la imagen de Colombia en el exterior. Que Colombia no es sólo eso; que por qué no hacen un documental para mostrar nuestras bondades: las ampulosas avenidas, los túneles y puentes, el Jardín Botánico, el Metrocable, el parque de Los Pies Descalzos, el Panamericano, el corralito de Cartagena, las playas, los Llanos. En fin.
Y estoy de acuerdo con el postulado de "la gente de bien": Colombia no es sólo eso. Pero a la gente de bien, también le digo: que Colombia también es eso. Y es eso en muchas ciudades, no sólo en Bogotá. El centro de todas las ciudades del país es un termómetro implacable y certero para saber en qué condiciones anda el país: de mal en peor.
Digamos que en un documental se muestran sólo las grandes obras y las bondades del país. Y la imagen de Colombia en el exterior queda divinamente. Entonces, como la imagen de Colombia en el exterior está divinamente, ¿ya no tendré que convivir con niños trabajadores y ancianos mendicantes, y niñas prostitutas, y rateritos de poca monta, y niñitos bazuqueros? Hum. La imagen de Colombia en el interior seguirá tal cual, y cada vez que salga a las calles del centro me toparé a mansalva con esa realidad.
Lo que pasa en las cercanías de la médula del país: Palacio, Capitolio, etc., nos debe dar vergüenza; y a los políticos no sé qué les debiera dar. Porque, como ellos llegan y salen de ese centro en carros con vidrios polarizados y un poco de escoltas, quizá no se enteren de todo eso que pasa en las calles ni lo vean. Y seguirán preocupadísimos por la imagen de Colombia en el exterior. ¿Y la imagen de Colombia en el interior? Es como si me gastara la plata en pintar la casa para que todo el mundo vea lo bien que vivo, mientras en mi nevera un tomate solitario brama por compañía. Y mi estómago bramando y el de mis hijos bramando. Pero, a la hora de salir, ojo, mijo, que no se le note el hambre. El qué dirán nos tiene del cuello.
Lo bien que quedé en la foto y el hambre que tenía ni se nota, ¿cierto?
* * * *
El sábado 3 de mayo vaya por su bomba gratis al Museo de Arte Contemporáneo, en el Minuto de Dios. Y póngala donde quiera, ojalá en el Capitolio, en el Palacio, en la plaza de Bolívar, en los batallones, en las cadenas radiales, en donde quiera sentar un precedente de paz para esta guerra. Póngale una bomba a la guerra. Iniciativa de Ángel Beccassino, respaldada por Pacifistas Sin Fronteras. Y espere: Congreso Mundial de Paz, Bogotá 2009.

cristianvalencia@yahoo.com

miércoles 23 de abril de 2008

¿El día que murió Cervantes (y Shakespeare)?

La imagen: un niño con un libro abierto en un fondo blanco. El eslogan: Día del libro: venga venga a la Plaza de Bolívar, habrá una gran librería para celebrar el final de la Capital Mundial del Libro en Bogotá, y habrá libros gratis para todos... ay, Cervantes: ¿qué laya de sabandijas te conmemora mejor? ¿Los paramilitares que madrugaron a celebrar tu muerte tomándose la Catedral Primada de Colombia? No, por supuesto. Para honrarte hay que leerte. Ellos protestaban por la plata que les corresponde, y que es la plata legítima que les paga el estado para que no salgan a matar presuntos colombianos. ¿O será que te honran mejor los mercaderes que están vendiendo libros en esa especie de feria ambulante en mitad de la Plaza? No, por supuesto. Hay de todo , menos el tuyo. Tu Quijote. Parece que ellos también vienen por plata. ¿Entonces quién convoca al Día del Libro y qué promociona ese afiche del niño con el libro abierto? Uno observa detenidamente la propaganda del niño que sonríe al fotógrafo con un libro en la mano, y se pregunta a quién se le ocurre promocionar de aquel modo el 23 de abril: con fiche blanco y niño feliz, y un concierto. Y precisamente libros, palabras encuadernadas, que después necesitarán silencio para extraer todos sus sentidos. Para qué seguimos engañándonos si todos sabemos que los niños no leen, y si leen (y advierto que aquí viene una parrafada) leen esas cartillas de teletubis que promociona y vende Fundalectura a las agremiaciones de padres de familia para que sientan que educan a sus crías en eso que llaman el porvenir Kantiano.
ay, Cervantes: los niños no leen,
primero, porque los padres no leen,
y la lectura, como todo maravilloso acto de adicción, surge como acto reflejo.
Y segundo, porque es mejor los Video Games que la locura de Don Quijote.
Uno, que se ha pasado media vida pretendiendo convertirse en el desocupado lector que pedía Cervantes, cae redondito con el afiche promocional, convencido de que, si va a la plaza, le darán acaso uno de esos ejemplares que promociona el locutor y que vuelan gratuitos e invisibles por todos lados de la ciudad Capital del Libro (pero que en realidad vuelan gratuitos e invisibles directo a ser vendidos en los toldos del mercado de las pulgas de los viernes, cicloruta, a mil o dosmil pesos, ejemplar).
¿Regalaron libros en la plaza hoy, día del libro?
Sí los regalaban: pero antes comprándole a la Cámara Colombiana los ejemplares de Planeta y Alfaguara a cincuenta y sesentamil pesos unidad, porque no les bastó con llenar once pabellones del metro cuadrado más caro de Colombia en Corferias, sino que también pusieron una librería ambulante en pleno centro de esa Bogotá (Ex-capital Mundial del Libro No Leído) sin ningún ejemplar de Cervantes.
Ni de Shakespeare.
¿Así termina la farsa, entonces?
Así.
Y al libro, al pobre libro condenado a su extinción como la especie humana, ya no hay quién lo salve. No se salvará con eventicos, ni con lecturas en voz alta en emisoras y plazas que a nadie detienen.
Acabo de llegar del evento, desalentado, por si no se nota. Y lo único alarmante que vi es que no vi el libro de cervantes, y lo único importante que noté, aparte de los cien incautos que fuimos tras del afiche a que nos regalaran libros en papel de estraza, y que tuvimos que conformarnos con doce gárgolas de voz temblereque leyendo novelas en voz alta, es que Siruela editó todo lo humanamente legible en español de Robert Walser. Eso sí es una novedad, mis queridas lectoras (porque yo se que sólo son mujeres, y lindas todas, las que me leen.) Cada ejemplar de Robert Walser en editorial Siruela, no se baja de cincuentamil devaluados. Sin embargo, es lo púnico que les recomiendo para comenzar mi cubrimiento especial de la Feria Internacional del Libro de Bogotá que empieza hoy. Aquí lo tengo: 80 Cuentos de Amor, de mil que escribió el austriaco. ¿Me lo regalaron en la plaza? NO. ME LO ROBÉ. Y debo decir que robar es la única dignidad que le queda a un desocupado lector estafado en su buena fe. Ojalá ustedes hagan lo mismo, damas y caballeros (no, caballeros no; damas y damisellas) en esta feria que empieza. Ojalá ustedes, mis anónimos visitantes que deben sonreír porque desde hace una semana están siendo contados en el extremo derecho (sonrían), asistan en hordas a la Feria del libro, y toquen todo, y se beban todos los cocteles, y después de un descuido, se roben un libro, el que quieran, qué más da, si aquí entre nos sabemos que los grandes tampoco leen.
Descansa en paz, Cervantes.
Descansa en paz Shakespeare.
Otro 23 de abril que ya termina.

Nota que encuentro en el moleskine de Ivan Thays:

Bueno, ahora que al parecer se ha comprobado que ni Cervantes murió el 23 de abril (sino un día antes) ni Shakespeare falleció en esa fecha (sino 3 de mayo según el calendario juliano) no hay mayor motivo para celebrar un día literario en esta fecha (salvo que sean peruanistas y quieran celebrar la muerte del Inca Garcilaso de la Vega

domingo 20 de abril de 2008

Eduardo Umaña Mendoza

Se cumplen cuarenta años de Mayo del 68. Muertos. Muertos. Y más muertos. Muertos en Tlatelolco, en París, en Praga. ¿En colombia hubo Mayo del 68? Lo dudo, pero si de acordarse de muertos se trata, acaban de cumplirse 10 años del asesinato a Eduardo Umaña Mendoza. Lo mataron 2 sicarios en su apartamento del Barrio Federman. Dijeron que eran periodistas, y así pudieron entrar. Una vez dentro, ataron a la secretaria, y fueron a buscar a Umaña. Querían llevárselo, pero él había prometido no dejarse llevar, porque es mejor morir de pie que vivir arrodillado. La Universidad Nacional no puede recordarlo, porque en estos días está cerrada. Y como algunos lectores de este blog sabrán más de mayo del 68 que de los magnicidios de este país, incluyo en este post parte de un documental que rueda en la web sobre Umaña, y dejo las remembranzas de mayo del 68 Francés y mexicano por Elena Poniatowska y Juan Goytisolo para el fin de semana.

miércoles 16 de abril de 2008

Escobazos por doquier

A pesar de que Sandro Romero no sea el más asediado por mandobles de escobazo en la pequeña esfera de la rapiña cultural colombiana, en este mes de abril uno puede encontrarse con un artículo suyo, largo y profuso, en El malpensante sobre el Festival Iberoamericano de teatro, donde quiere quedar bien con todo mundo señalando el largo alcance tanto del Ibero como de su par, el Festival de teatro Alternativo, y una columna en El Tiempo donde señala y se queja por la extinción evidente de la clase artística nacional porque a su mamá le quitaron un canal de televisión. A él ya no le gusta la palabra "clase", por desgastada, y por el lastre pro-leninista que alguna vez tuvo, pero sí la palabra "arte" (o su versión inglesa "arts") para indicar en relieve esa legión variopinta de hacedores o artistas del hambre y a esa raza extraña de los que aún leemos a Proust en Colombia. La nota es una especie de alegato a las olas del mar. Furiosa por lo mismo, y por lo mismo, utópica, constipada. Pero vale.
Y vale, según Séneca, significa: "Consérvate sano".

Vías de extinción
Por Sandro Romero Rey
Fuente:
El Tiempo
A los amantes del arte los sacan a escobazos de todas partes en el país.
Hace pocos días recibí una llamada de mi madre en la que me comunicaba que le habían quitado el canal de televisión por cable conocido como Arts porque, según le informaron, los nuevos dueños del sistema de TV por suscripción habían hecho una encuesta ("en la que nunca participé", me dijo, como sucede con todas las encuestas) y el resto de los televidentes colombianos había preferido el canal TNT. Me pidió, de verdad indignada, que llamáramos, que pusiéramos a todas nuestras amistades a enloquecer a los de Telmex para que recuperáramos el Canal Arts para los amantes de la música clásica, de la danza, del teatro, del cine clásico. Yo llamé, por supuesto, a sabiendas de que se trataba de una causa perdida. Un amigo me había escrito hacía poco para decirme que yo estaba siendo una víctima del spleen, triste enfermedad del alma de la que no voy a explicar ahora su sintomatología. Pero sí. Alguna relación debe de haber entre el spleen y la muerte del Canal Arts. Estoy llegando a pensar que nuestra sociedad considera al arte y a los artistas una especie en vías de extinción.
Y me refiero a los artistas en el sentido clásico del término, esas extrañas alimañas que aún leen a Marcel Proust o a Lezama Lima, que les gusta el teatro de Heiner Müller o La Candelaria, que aman la ópera o la música de Stockhausen y añoran con permanecer con vida para ver un espectáculo de Pina Bausch. Yo los conozco muy bien, porque soy uno de ellos. Con tristeza sentimos que nos sacan a escobazos de todas partes. Entramos veloces a las salas de cine (vacías) donde se exhibe una película de Won Kar-wai antes de que la quiten y gozamos en Internet viendo lo que se presenta en otras latitudes y nunca vamos a poder ver en Colombia. La pelea está perdida hace tiempo, querida madre. Está perdida porque lo que más nos interesa en nuestra patria es justamente eso: la pelea. Si no, limitémonos a leer los comentarios de los lectores a los columnistas que escriben en nuestros diarios. Les fascina el insulto, la degradación, la humillación: la pelea. Quienes escriben sobre política o sobre "el orden público" tienen cientos, miles de tales comentarios. Quienes escriben sobre arte no reciben mensajes ni siquiera de sus mentadas madres. Y yo no creo que la gente no quiera disfrutar del arte. Creo que hay un orden establecido que no quiere que sea así. Hoy por hoy, los medios y los espectáculos tienen que ser "para todo el mundo". De lo contrario, no funcionan. Atrás quedaron los tiempos en los que el arte era "contra todo el mundo". Ahora, la democracia, "ese abuso de la estadística", al decir de Borges, impone los gustos y las necesidades. No se trata de que los lectores o los espectadores vayan al arte y al entretenimiento. Se trata de que el arte y el entretenimiento vayan de rodillas hacia lectores y espectadores: por favor, léanme, véanme. Yo sé que el gueto de los amantes del arte en Colombia es mucho más grande de lo que piensan las estadísticas. Pero estamos aplastados, apabullados por las telenovelas de todos los días. La telenovela del secuestro y la telenovela de la 'parapolítica'. La telenovela de los chismes y la telenovela de las telenovelas. Así como el programa de cinearte de Bernardo Hoyos y Diana Rico pasa a la una de la madrugada (¿existe todavía el programa?), así como Señal Colombia se debate en el desafío de ser o no ser, así como la HJCK dejó de ser de "la inmensa minoría" para convertirse en un juego nostálgico de la mínima mayoría, así como a la ópera en Colombia se le da el estatus de las corridas de toros, así mismo sucederá con la pelea de mi madre para recuperar el Canal Arts. Es otro dinosaurio en vías de extinción. En Colombia necesitamos que se nos alimente todos los días de la violencia. Por eso, voy a decirle a mi mamá que se acostumbre al canal TNT.
Yo ya lo estoy haciendo. Y sospecho que le va a gustar. El TNT es mucho más explosivo.

lunes 7 de abril de 2008

En colombia no existen derechos humanos, pero sí existen los derechos de autor

Por Daniel Ferreira


Lo que es la paradoxa: en Colombia, mientras Carlos Mario Jiménez alias Macaco, jefe paramilitar que ha reconocido más de 1.000 víctimas y ha dado indicaciones sobre casi 90 fosas en las que se hallaban más de 500 cadáveres (y se prepara ahora para ser extraditado a Estados Unidos por narcotráfico debiendo aun información sobre 16.000 muertos más achacados al Bloque Central Bolívar bajo su mando), la crítica literaria y profesora Luz Mery Giraldo es condenada a 24 meses de prisión por el plagio de una tesis.

No nos arriesguemos: la ironía del título de esta columna es de Luis Ospina, que así zanjaba la posibilidad de un debate por reutilizar material de archivo en su película Un tigre de papel, diciendo: “Si en Colombia no existen los derechos humanos, ¿cómo van a existir los derechos de autor?”.
Pero basta leer su libro "Palabras al viento", para descubrir que la frase tampoco es de Ospina.
El periódico El espectador y Noticias Uno son los únicos medios que han cubierto la condena a Luz Mery Giraldo hasta ahora.
Noticias Uno en su populosa sección ¡Qué tal esto! tituló en una mezcla de escolaridad y sarcasmo el clip sobre el asunto como: “Copialina”.
Y El espectador dice: “El fallo del Juzgado 50 Penal del Circuito de Bogotá resulta histórico, teniendo en cuenta que en la Dirección Nacional de Derechos de Autor del Ministerio del Interior y de Justicia no se tenía registro de ninguna condena. Fernando Zapata, jefe de esta oficina y una de las autoridades en el tema a nivel latinoamericano, explica: “No es que los jueces no trabajen el tema, sino que si hay una defraudación difícil de probar es el plagio. En eso yo otorgo siempre el beneficio de la duda porque se trata de presentar como propia, en forma total o parcial, una obra de otra persona”.
Las voces de la “intelectualidad” criolla también se han levantado en apoyo a la profesora Giraldo. Roberto Burgos Cantor desde Cartagena recuerda a Borges y su texto necesario Pierre Menard cada vez que se levanta otra polvareda en torno a la “fatalidad de las semejanzas”. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas (...) Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo, ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?”. Y en ‘Kafka y sus precursores’, postula: “El hecho es que cada escritor crea a sus precursores”.
Hacer reciclaje de todas estas voces que se levantan, de recorgerlas y hacer de ellas una nota más, tal vez sea lo apropiado para referirse a la copialina que le achacan a la temible Luz Mery Giraldo. Un comentarista suntuoso del periódico El espectador que firma J Faría, hace un bello collage de copialinas históricas con un lenguaje un poco anacrónico lleno de adverbios y numenes y ciclópeas palabras sacadas de quién sabe dónde:
“Virgilio, poeta secular, imitó en la épica a Homero y en la bucólica a Teócrito. El hecho de haber escrito en un idioma distinto le da cierta originalidad, que no es mayor no por culpa de la imitación, sino por la minoridad genial de su numen comparativamente al de los dos griegos, sobre todo al numen de Melesígenes, a quien tan de cerca le ha hablado Dios, que él habla lo mismo. Moisés creó al hombre y Homero al Superhombre, de quien es Zaratustra, por boca de Nietzsche, el formidable Isaías de su glorioso advenimiento en la futura transfiguración de la humanidad. Shakespeare se impuso por derecho de conquista en las obras que asaltó y saqueó. Originalizó el plagio, pues hizo de obras medianas monumentos ciclópeos. Goethe tomó de una comedia de títeres el argumento de Fausto, el arquetipo representativo del pensador contemporáneo. Lonfelow tomó de una de las cánticas del Rey Alfonso, llamado el Sabio, el argumento de su Leyenda de Oro; y Merimeé, con una de estas mismas cánticas cambiando la imagen de María Santísima por la estatua de Venus, tres veces victoriosa, compuso una página originalísima”.
Por lo menos lo de Shakespeare y lo de Goethe y lo de Nietzsche son casos que conocen hasta los estudiantes de literatura (y que se repite una y otra vez como si fuera un chisme de cama o de café, o como si hubiese ocurrido ayer).
Por mi parte, bien podría resaltar unas particulares semejanzas que encuentro entre el comienzo del cuento “Un día después del sábado” de García Márquez, y “Un canario como regalo” de Hemingway, y habrá otros que quieran achacarle al nobel de Colombia otros supuestos parecidos coloridos de plagio en “Un amor” de Buzzati y “Memoria de mis putas tristes”.
Pero debo decir que esa denuncia tendría la misma hilarancia que tiene la del Colombiano incauto que fue a la Unidad Nacional de Propiedad que abrió la Fiscalía para reclamar como suyo El gallo de oro, de Juan Rulfo, y exigir que lo indemnizaran.
Dice Fredy Padilla, de El espectador, que los investigadores le recordaron al incauto que los únicos dueños del Gallo de Oro son los herederos del creador de Pedro Páramo.
Para terminar
En Colombia no sólo no existen los derechos humanos.
Tampoco existe el derecho a la salud. Ni a la libertad de expresión. Ni a acostarse con una doceañera. Ni a contraer matrimonio a la casadera y egipcia edad de catorce años. No hay derecho a la tierra. Ni derecho al cajón. Derecho a morirse sí. Pero al cajón, o a la tierra, nunca. Por eso es que la fosa común sigue siendo la única institución verdaderamente democrática de Colombia. Porque ahí es el único lugar donde podemos caber todos.
Bastaría con preguntarselo a Macaco, o Mancuso.

(Antes de despedirme de este breve collage, un aviso para copialines:
En Colombia los derechos morales están protegidos de por vida -la forma en que fue escrito, mas no las ideas- y los patrimoniales hasta 50 años después de la muerter del autor. Ojo.)

Previamente avisados, aquí les dejo entonces una breve y modesta confesión de Bohumil Hrabal para que el que sienta como suyo lo que decía Ribeyro (que los grandes escritores siguen plagiándonos desde la tumba) descargue el fardo moral y siga los senderos de Luz Mery Giraldo, sin miedo, con altruísmo, pero borrando las huellas:

“Mi educación nunca pudo ser excelente, por la sencilla razón de que siempre fui un poco tonto. Y ya que leo mucho, cito muchas cosas, y ya que cito muchas cosas, olvido su fuente. De hecho soy un ladrón de cadáveres, un profanador de sarcófagos. Ese es mi carácter, y en ese campo soy un innovador y un experimentador, no hago más que permanecer al asecho para atisbar mi presa, entre escritores y pintores, muertos o vivos, para luego, como una zorra, barrer con la cola las huellas que conducen al lugar del crimen. He saqueado los sarcófagos de los señores Louis Ferdinand Céline, Ungaretti, Camus, del señor Erasmo de Rotterdam, los señores Ferlinghetti, y Kerouac. Mi libro “La perla del fondo” lo arranqué de los ojos de Jacob Boehme, al igual que una frase tan bella como ésta: El hombre no se puede descoser de su época. La melancolía la saqué de Leibniz… ¿o de Nietzsche? Y debajo de la losa del señor Roland Barthes usurpé las palabras: El arte transforma la erudición en una fiesta… y eso es sólo una muestra. De hecho, todas las buenas ideas que se hallan en mis textos son robadas, entre ellas la idea Platónica de “La Creación de lo bello”. Y como si eso no fuera suficiente, cualquier cosa buena que yo haya escrito desde mi trampolín, todo, todo, me lo han dicho los demás. Y es que en realidad, soy un ratero de cervecería y de restaurante, lo que hago no difiere demasiado de pulirles una gabardina o un paraguas. Y es que hay algo en lo que soy número uno: en inventarme situaciones que nunca he vivido, en fingir haber leído libros que nunca he leído, en pretender haber presenciado acontecimientos que nunca presencié, en hacer juramentos que son perjurios, en vanagloriarme de cosas que hizo otro, en ejercer de testigo ocular de cosas que no he visto, soy una prostituta que finge hacer el amor por enamoramiento, soy un ratero y un estafador. Mentir es tan natural para mí como el agua para el pez. Para redimir todos mis pecados haría falta un purgatorio enorme del que tendrían que desalojar a todos los criminales notorios, soltarlos para hacerme sitio, y aun así, el paso por el purgatorio no me abriría las puertas del cielo sino las del infierno. Ojalá purgatorio cielo e infierno sean reales. Entonces su justicia me salvará. No habré vivido en vano”.

Tomado de:
¿Quién soy yo?
Bohumil Hrabal Ediciones Destino

jueves 3 de abril de 2008

Noam Chomsky Vs. Michel Foucault 35 años después...

Se cumplen ahora 35 años del famoso debate filosófico entre Noam Chomsky y Michel Foucault retransmitido por la televisión holandesa en noviembre de 1971. Darwin Palermo recuerda su importancia, política y filosófica.


Chomsky sobre Foucault: “Nunca he conocido a nadie que fuera tan completamente amoral. Generalmente cuando se habla con alguien, uno da por sentado que se comparte algún territorio moral. Con él me sentí, sin embargo, como si estuviera hablando con alguien que no habitara el mismo universo moral. Personalmente me resultó simpático. Pero no pude entenderlo, como si fuera de otra especie o algo así”.

* Por Darwin Palermo

En noviembre de 1971, la televisión holandesa transmitió un coloquio entre Noam Chomsky y Michel Foucault, cuya transcripción íntegra publicará en breve la editorial argentina Katz bajo el título La naturaleza humana: justicia versus poder (existía una versión parcial anterior, de 1976, que publicó la editorial valenciana Teorema). El encuentro tiene interés porque pone de manifiesto la enorme distancia moral que separa a dos autores que supuestamente se movían en espacios ideológicos cercanos o, en otras palabras, muestra hasta qué punto las posiciones políticas de izquierdas no están reñidas con el más puro disparate ético.
En efecto, mientras Chomsky mantenía posiciones ilustradas razonablemente sensatas (matar y oprimir está mal, la igualdad y la libertad están bien… cosas así), Foucault se desmarcaba con ramalazos de chaladura populista: “El proletariado no hace la guerra contra la clase dominante porque crea que esa guerra es justa sino porque, por primera vez en la historia, quiere hacerse con el poder (…). Cuando el proletariado toma el poder es perfectamente posible que ejerza sobre las clases que ha derrotado un poder violento, dictatorial e incluso sanguinario. Y no veo qué objeción se puede hacer a eso”. Veinte años después Chomsky recordaba así a Foucault: “Nunca he conocido a nadie que fuera tan completamente amoral. Generalmente cuando se habla con alguien, uno da por sentado que se comparte algún territorio moral. Con él me sentí, sin embargo, como si estuviera hablando con alguien que no habitara el mismo universo moral. Personalmente me resultó simpático. Pero no pude entenderlo, como si fuera de otra especie o algo así”.
La cosa no pasaría de la mera anécdota si no fuera por el catastrófico efecto que tuvieron las tesis de Foucault y los suyos sobre parte de la izquierda durante los años ochenta, cuando mucha gente se cansó de tener razón sin que el mundo le hiciera el menor caso y prefirió prescindir alegremente del mundo. El resultado fue una auténtica debacle relativista que concluyó, no podía ser de otra forma, con una desbandada hacia la derecha (sin ir más lejos, Jiménez Losantos tiene el discutible honor de haber introducido en España la obra de Lyotard a principios de los años ochenta).
Y, peor todavía, no hace mucho el propio Chomsky manifestaba el asombro que le producía la difusión de estas teorías ya no en esos extraños invernaderos intelectuales que son las universidades norteamericanas, sino en países no occidentales aquejados de males bastante más serios que el fin de los metarrelatos o la microfísica del poder: “En Egipto existe una comunidad intelectual muy dinámica y cultivada, formada por personas muy valientes, que pasaron años encarceladas bajo el régimen de Nasser, que fueron torturadas casi hasta la muerte y que consiguieron salir para continuar luchando. Pero actualmente, en el conjunto del Tercer Mundo, abundan la desesperación y el desánimo. La forma en que todo esto se manifestaba en Egipto, entre los medios vinculados a Europa, consistía en sumergirse completamente en las últimas locuras de la cultura parisina y concentrarse absolutamente en ellas. Así, cuando daba conferencias sobre la situación actual, incluso en institutos de investigación dedicados al análisis de problemas estratégicos, los asistentes querían que eso se tradujera en términos de jerga postmoderna. Por ejemplo, en lugar de pedirme que hablara de los detalles de la política norteamericana o de Oriente Medio, donde ellos viven, algo demasiado sórdido y falto de interés, querían saber cómo la lingüística moderna brinda un nuevo paradigma discursivo sobre los asuntos internacionales que sustituirá al texto postestructuralista. Esto era lo que les fascinaba y no lo que revelaban los archivos ministeriales israelíes sobre su planificación”.

*Darwin Palermo escribe regularmente en el periódico digital alternativo Ladinamo

Fuente:


martes 18 de marzo de 2008

La resurrección del Hermafrodita Dormido


Por Daniel Ferreira

“¿Por qué afirmo que vivo a la enemiga? Porque he luchado contra todo lo existente. No puedo tener amigos, si no cuando mueran los colombianos de hoy y desaparezcan los intereses actuales ( ) y así como me odio a mí mismo, odio a la Colombia actual”. El que esto escribía, se llamaba Fernando Gonzáles. Y está en un libro suyo llamado “El Remordimiento”. Lo he transcrito de mis citas al vuelo en papeles que guardo de los libros que leo, pero encuentro que es en el libro de Los viajes o de las presencias donde Gonzáles explica muchas de sus frases arcanas para aquellos que aun se nieguen a comprender la primera de esta nota: “¡Qué bueno publicar un librito duro, límpido, vívido! ( ) Un librito que fuera como para después que pase el jaleo, para los que vendrán; que no se venda hoy; que no sea de ayer ni de hoy, sino de un lejano mañana, y que lo encuentren de pronto los semejantes al ser oculto que lo escribió, y vayan a buscarlo y a buscar su tumba, y no hallen nada, porque está “allá”, más lejos de donde habitó antes de nacer en Envigado… De 160 a 200 páginas, en octavo, forma francesa de bolsillo, de pasta roja oscura, que si lo abren los de hoy, crean que se les olvidó leer, que eso no dice nada.”
El teatro Matacandelas de Medellín acaba de resucitar a nuestro querido y olvidado Fernando Gonzáles en una obra subtitulada Velada-Metafísica y que acabo de ver en el Gimnasio Moderno de Bogotá durante el Festival Iberoamericano de Fanny, o de Bogotá, o como se llame. La obra empieza con una declaración de amores, donde dos actores se ponen bajo un chorro de luz halógena nada teatral y aclaran que el Teatro Matacandelas tenía una deuda con Fernando Gonzáles, y que llegó la hora de pagarla. A continuación empieza la escena (esa sí teatral) y entonces asistimos no sólo a la resurrección del maestro de Otraparte, encarnado por un actor con el físico idéntico al de Gonzáles, si no también a la resurrección de las partes más luminosas de su obra, a los heterónimos encarnados bajo los cuales se ocultaba Fernando Gonzáles; a su vida; a sus viajes y a su odio visceral contra los mitos fundacionales de la idiosincrasia religiosa y nacional de Colombia.
Sobra decir que esta es una invitación a ver la obra de Matacandelas (cuando la expongan de cartelera en cualquier teatro). Sobra decir que es el pretexto para escribir la nota literaria del blog para esta semana, porque me declaro culpable de haber leído a Gonzáles y de haberle creído y de haberle seguido la péndola en medio de una vida anémica que cada vez se acerca más a la completa desesperación y al fracaso humano. Cuando leí su novela “Viaje a pie”, estaba a punto de cometer una de mis peores desventuras: ser estudiante universitario. De modo que me di a leer un par de obras más, para llegar acorazado al terreno seguro de los comicios profesionales, y así fue como conocí el ensayo que intituló Los Negroides, y donde expone el ya clásico Complejo del Hijodeputa, con que define al colombiano raso de cualquier bando: Somos hijos de la violación, y sentimos vergüenza, y por eso queremos ser europeos más que colombianos. El complejo del Hijodeputa consiste en avergonzarse de lo propio, de su propia madre.
¿Qué me importan la moral y la ley, a mí, el predicador de la personalidad, de la auto-expresión, a mí, que amo a Jesús y al diablo, a Bolívar y a Gómez?... No amo sino a los honrados con su propia alma. No escribo para los suramericanos que tienen un metro que les impusieron los frailes españoles; no escribo para los bogotanos (y bogotanos son en Quito, Lima, Santiago y Buenos Aires), que nada han parido, que rezan como en Europa, legislan como en Europa y que orinan como en Europa.
Luego leí la contra-biografía que tituló Santander ad honorem de uno de los próceres más cobardes y viles que haya consagrado la historia infame de la república de Colombia.
Como Santander es un falso héroe nacional, el propósito de este libro es destaparlo. Colombia, guiada por él y sus hijos, que hoy nos gobiernan, va por torcido y oscuro camino que conduce a la enajenación de almas y tierra, cielo, mar y subsuelo. Un instinto poderoso, atracción por la verdad, nos guía en esta obra. Ella sería antipatriótica si realmente el Mayor Santander fuera representativo de los nueve millones de colombianos que poblamos este territorio. Pero no lo es, y una voz nos ordena destaparlo, para que la juventud le evite.
Luego el primer volumen de la biografía inconclusa de Simón Bolívar, “Mi Simón Bolívar”. Sus libros esenciales “El remordimiento”, “El libro de los viajes o de las presencias” y “El hermafrodita desnudo” los vine a conocer después. La mayoría puede encontrarse en librerías de viejo, en tenderetes callejeros, a tres o cinco mil pesos, editorial Bedout. El teatro Matacandelas le ha destinado una escena completa a estas ediciones que pagaba Gonzáles de su propio bolsillo para que aún así se las censuraran. “No estaba entre los que publicaban, sino en un vientre virgen aun”, dice Gonzáles en El remordimiento. Y era cierto. Su literatura, su pensamiento, es un vientre virgen aun, inexplorado, dispuesto a ser fornicado por miríadas de lectores en forma nueva y consecuente. Al escoger la obra de Fernando Gonzáles, el teatro Matacandelas vuelve a sorprender con una devoción literaria. Ya lo había hecho con Pessoa, al teatralizar lo inteatralizable Oh, marineirho. Y con Andrés Caicedo, al teatralizar hasta su obra narrativa. Fernando Gonzáles acaso les representó una dificultad de cercanía y distanciamiento al mismo tiempo. Cercanía, porque Fernando Gonzáles es ante todo, dialecto. Filosofía en paisa. Y distancia, porque revivir la figura esquiva de Fernando Gonzáles, sacarlo de su museo de Otraparte para que subiera a un escenario a narrar su vida, a exponer las líneas generales de su pensamiento y a conversar con Lucas de Ochoa, el mismo heterónimo de Fernando Gonzáles Ochoa que inventó en un café mientras fumaba Pielroja, y con sus amigos Alberto Aguirre y el nadaísta Gonzalo Arango, y luego transportar al espectador a la Francia donde Gonzáles fue cónsul de la Colombine, ya es mucho pedir para una Velada-Metafísica. La obra del teatro Matacandelas no es sólo buena, sino excelente. La obra de Fernando Gonzáles no es sólo brillante, sino necesaria.Para aquellos que no lo hayan leído, aquí está una carta que le escribió a su editor en Francia:

Querido Alfonso:
Ayer recibí la copia extracto del libro “Mademoiselle Toní”, desde páginas 35 a 53 inclusive, y fue como si me hubieran dado garrotazo en el cerebro. Inmediatamente sentí congestión y profunda tristeza. Te puse telegrama en que impruebo el trabajo. Dormí mal, pasé con toda la energía vital herida y esta mañana resolví entrar en polémica contigo, pues veo que esto será disgusto para ti también y que es absolutamente imposible que Toní “vea la luz pública”. (Pongo esta frase, para indicar cómo escribe la gente “bien educada”, es decir, que para todo tiene una frase hecha, pudorosa; para todo tiene un reflejo).
No se publicará el libro, pero vas a ver cómo tengo razón. Si la Toní, si la vida no es propia para Colombia, si no tiene la belleza legal colombiana, ¡mejor! Si yo escribiera libros aprobados aquí, no valdría nada, sería un Laureano Gómez. Vamos por partes.
Tú extractaste mi libro, extractaste de él los himnos y las conclusiones y le pusiste camisa púdica; abandonaste la vida. Es como si hubieras cogido un árbol y arrancándoles las flores, para adornar una sala, ¡porque las señoras y los señores no pueden ver las raíces y las ramas! Eso se llama enjolivement; es el arte preciosista, cosa triste, muerta y que repugna al gran estilo; eso no se puede hacer con Goethe ni conmigo. ¿Es posible coger un niño sano, vital, y quitarle las nalgas, el vientre, los pies, los órganos genitales, y decir que los ojos, sólo los ojos, son presentables, son bellos? Para quien ame lo bonito, sí. Pero tal no es la belleza de la vida, animal profundo, devenir de un pasado remoto y oscuro hacia remoto y oscuro mañana, animal que se nutre de todos los instintos, de todos los jugos. El arte proviene de embriaguez causada por los instintos vitales en su cúspide. El verdadero arte huele a semilla, a semen, a humus. Es ceiba retorcida que extiende sus raíces a los ríos, pantanos y descomposiciones. La bonitura es arreglo, es artificio, es planta sin raíces y mútila.
Vamos a las supresiones: ¿Crees tú que la escena de la olida de los calzoncitos de Toní es inmoral? ¿Es mala? Entonces eres moralista, has perdido la inocencia vital. ¿No gozabas tú oliendo la ropa de nuestro padre? ¿No me deleito yo con el olor de las cabezas de mis hijos? Mientras más se intensifica el sentimiento amoroso, más los huelo deleitadamente. Oler es el primer acto del amor. Huele la vaca a su mamón. Todos los animales, hasta nosotros, dizque privilegiados, olemos para amar, olemos para excitar la energía. Tal escena, que tiene raíces en la vida, es bellísima, casi la esencia del libro; sin ella, no tienen sentido las conclusiones. Tal era mi tentación, que olía sus ropitas; tal era el guiño tentador que me hacía la vida, que yo me medía sobre su cama, a solas, para ver cómo quedaba uno allí. Y todo eso lo suprimiste, para que pudieran leerlo las palúdicas, santas de palo.
¿Cómo te atreviste a poner “calzones” de Toní, en vez de “calzoncitos”? La muchacha tiene “calzoncitos”, o sea, pequeños, limpios, y Pacho-loco, el mendigo que acaba de entrar a casa, tiene “calzones”.
Pusiste “prendas de su feminidad íntima”, en lugar de “ropitas de Toní”. “Prendas” es como dicen los Padres Ochoa y Mejía, curas de Envigado, en el púlpito, o sea, pornografía, hipocresía, vergüenza, pecado. “Ropitas” fue lo que yo vi y olí en la cómoda de la muchacha, o sea, unas camisitas y calzoncitos de seda, requetedoblados con el arte que tienen en Francia. Si yo le hubiera ofrecido a la Virgen “los calzones de Toní”, ésta sería la hora en que estuviera avergonzado... “Calzones” y “prendas” tiene Fernanda Ramírez.
“Oye risas, y no lo recupera hasta que haya entrado por la angosta y sospechosa escalera...”. No; así queda hipócrita; se presta para las suposiciones de estudiantes jesuíticos. Es: “...hasta que haya entrado por la angosta y oscura escalera, a faire l’amour, de dos hasta cincuenta francos...”. El gran arte es la inocencia perfecta, la reconciliación con la vida, eso que la gente enjolivée apellida perversidad.
“Camisas vaporosas” o “túnicas vaporosas”, en lugar de “túnicas que llegan hasta las barrigas”, es de Pacho Pérez, prototipo del enjolivé.
Todo lo que quitaste, todo lo que cambiaste en estas páginas, era la columna vertebral de la potranca. Atentaste contra la vida, suprimiste la lógica que preside al devenir. Hiciste verdadera pornografía. Pornografía es tenerle miedo a la vida, a la verdad de la vida, tener los instintos vitales encapuchados en la oscuridad de la vergüenza.
El libro tiene que quedar tal como me nació, sin cambios, sin supresiones, porque si no, tendríamos sermonario para señoritas histéricas.
La Estética es efecto de culminación vital. Lo bello es vitalidad. Se trata de fenómenos semejantes en todo a la fecundidad fisiológica. La misma energía preside al aparecer de organismos y de obras de arte. Si en una madre hay carencia de poder organizador, si la fuerza vital no consigue hacerle derechas las piernas al niño, di: feo. Si el niño sale con ojos bonitos, si la madre pare únicamente unos ojos, di: monstruosidad. Pero si pare un muchacho con nalgas, con ano, con todo y todo consonante, di que hay belleza, o sea, poder vital.
Tal la enormidad de Miguelángel: era como la vida, era creador de organismos aun más poderosos que los de la vida actual: hombres y mujeres más fuertes, más plenos que los de ahora, más capaces.
Por eso, la historia del padre Izu es esencial en mi libro. Mi polémica con ese jesuita es la misma que tengo contigo. A él le preguntaba: “¿Por qué va a ser malo oler la ropita de Toní?”. Y tú suprimiste tal escena y dejaste las conclusiones, donde dice: “¿Por qué hay cosas buenas y cosas malas?”. Tal como lo dejaste, pueden preguntar: ¿Quién es éste tan sermonero, tan filósofo en el vacío? ¿Quién, éste tan carajo?
Y suprimiste las escenas con Jorge, los celos porque Jorge pudiera mirar a la Toní. Suprimiste la escena en el café “La Cigarra”. Suprimiste las frases en francés, cuando yo viví esa vida en francés y el amor de Toní me sabe a francés. De sesenta páginas a dos espacios dejaste ¡¡¡veinte!!! Eso lo podrán hacer los futuros hombres púdicos con el título de “Fernando González para niños y señoritas bien educadas”. Pero yo, el solitario que renunció a honores fáciles, que vive en pobreza, para no verse obligado a juntarse con López, Laureanos y Olayas, yo soy artista de la vida, pintor de animales en celo.
Tú capaste a la novilla. Así como los jesuitas a la “Historia Natural” en que nos enseñaban a ser perversos: ¡le recortaban las páginas en que se describían los órganos genitales!
Tú dices que mi libro, tal como me nació, es pornográfico e ilegible, y yo te contesto que pornográfica es toda esta Suramérica hija de clérigos, hombres tapados por la vergüenza a la vida. Por eso, nuestra raza es estéril, avergonzada: raza de hombres que hacen las cosas y se esconden, avergonzados de estar vivos. Miguelángel y yo sentimos todos los instintos agrandados y no hacemos nada perverso; creamos seres con pechos, pene, ano, piernas, brazos, pies y manos, tronco y cabeza. Yo no le hice mal a Toní, no la dejé abandonada, desempeñando el oficio de ramera. El instinto aristocrático me impidió causarle miseria. ¡Y yo soy el perverso, yo soy el pornográfico! Cualquier colombiano la habría arrojado a la calle de la Pouterie, les habría contado a los compañeros, para que fueran a acabar la obra de manchar, de envejecer, de prostituir; sí, les habría contado, pero en voz baja, en voz parecida a “prenda de vestir”... Y yo cuento todo lo que sucedió, las tentaciones que tuve, mis impulsos e inhibiciones. ¡Yo dizque soy el pornográfico! El otro, el virtuoso, aquél que contaría la indignación con que arrojó a Toní de su hogar, cuando ella le escribió y puso en la bata de baño un papelito con estas palabras: Je vous ame.
Y resulta, en definitiva, que yo quiero tener la inocencia y santidad de los grandes falos que ponían en los aleros de las casas de Pompeya; quiero tener la inocencia de la vida griega y que en Colombia me llamen impuro. Prefiero ser hijo de la vida, palpitante, armonioso, y no un santo de palo, como estos suramericanos hijos del pecado y de la miseria.
Así, pues, la Toní quedará en manuscritos, para mí. No quiero darla a este pueblo de hipócritas.
Y la vida misma me justifica: allá están Toní y Teanós; ambas me quieren aún y, cuando cometan bajezas, se acordarán del “monsieur Fernandó”, con nostalgia.
Para los colombianos, yo soy pornográfico. Pueblo mísero, envilecido por centurias de dominio español, convento de clérigos vestidos hasta las orejas, pueblo cuya capital es Bogotá, ciudad habitada por hombres que piensan, escriben y viven para “cubrirse”, porque son pecados andantes. Miguelángel, Goethe, el Libertador y yo no nos tapamos.
¡Deja virgen a Toní! Que no se publique. Aquí serían capaces de ir a buscarla a “rue d’Arenc” para hacerle mal y para venir a decir en las iglesias: “¡Qué mala esa muchacha! Acúsome Padre de que me dejé inducir al mal por una muchacha de Marsella...”.
Todo es esencial en mi libro. Si suprimiste, renuncio a la publicación.
Te abraza,
Fernando


Fuente y Fotografías:
El remordimiento. Medellín, Editorial Universidad de Antioquia, cuarta edición, noviembre de 1994, p.p. 1 - 102. Número total de páginas: 208.
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domingo 2 de marzo de 2008

Jesús Zárate: Otro Alzhaimer de Colombia


Por Daniel Ferreira

Para empezar y casi terminar, basta preguntarse: ¿Quién era Jesús Zárate? En el año 1972 se otorgó sin bombo ni platillo el primer premio Planeta a un latinoamericano: un tal Jesús Zárate (que ya estaba muerto). Así como en Rulfo: un tal Pedro Páramo que ya estaba muerto. Entonces aparece obvia la respuesta: Un muerto. Se había muerto en 1967, Jesús Zárate y su familia había decidido enviar a concurso el manuscrito de una novela llamada La cárcel. El cheque de cien mil pesetas tuvo que girárselo Planeta entonces a sus herederos, y de paso perder la promoción de ventrilocuos que se hace con el rostro del autor vivo cuando está vivo, y modificar las bases del concurso para evitarse de paso fiascos futuros en la difusión con otros posibles muertos: desde entonces sólo podrían participar autores de todo el ámbito de Iberoamérica, pero que aun respiraran. No muertos, como Zárate. Y es de ese Zárate que se sabe hoy prácticamente lo mismo que entonces: además de ser un muerto con cien mil pesetas en el haber, nada, señores. Que nació en 1915, y murió en el 67. Que era santandereano, que había hecho política con el rival de partido de Jorge Eliécer Gaitán, Gabriel Turbay. Que desde el año 49 hasta el 54, publicó en el periódico el Espectador un cuento semanal.

(Y me permito aquí una disgresión: haciendo el cálculo, este mero dato debería llevar al equívoco de pensar en Zárate como una especie de monstruo escribidor al estilo Chéjov, al menos en lo que a capacidad de producción se refiere: 237 cuentos, en 5 años. Pero en realidad, del medio centenar recogidos en un volumen diminuto llamado El viento en el rostro, ediciones Espiral, 1953, y firmados con el seudónimo Zalacaín, se salvarán muy pocos. Son más bien repentistas, periodismo del bueno, del literario, pero tal vez no sirvan más que para una antología de esos profesores universitarios que tiene el buen hábito de alimentar a sus polluelos como los marabú de la India: regurgitando cadáveres.)

Se sabe que escribió también teatro. No se conocen montajes de estas obras, pero se sabe que las escribió y que siguen esperando director en alguna biblioteca. Se sabe que publicó una novela anterior a La Cárcel y cuatro volúmenes de cuentos en España. Eso es todo lo que se ha sabido desde entonces, y por solapas, de Jesús Zárate, y tal parece que eso es lo que se sigue sabiendo hoy.

Yo sé un poco más, porque acabo de leerlo: me basta con saber que escribió una novela que no se parece a nada, una novela que es una de las grandes de Colombia. Y cuando digo "grandes" no estoy diciendo que Colombia sea Grande, o que su literatura sea Grande, o que pertenezca al gremio de los libros Grandes (o voluminosos) de un país pequeño (como Celia se Pudre de Rojas Herazo). Estoy diciendo dos de las anteriores (adivinen cuáles, ¿y adivinaron?). Estoy usando un epíteto efusivo y diciendo que es una verdaderamente Grande, en un país de chicos, en un país donde las grandes novelas se pueden contar con los dedos de mi hermano (que era manco), y eso me basta.

La cárcel no se parece a nada. Pero como todo el mundo insiste en que la gran literatura debe parecerse a algo para lanzarse a leer epígonos, entonces diremos que es una novela que de parecerse a algo, se parece a un diálogo socrático; pero no cualquier diálogo, sino uno muy especial, trascrito por un Platón chiflado de aburrimiento tras los muros de una cárcel, esperando cicuta con su maestro, y no temperando las fiebres en su confortable cama de enfermo.

Los tres capítulos de que está compuesta La Cárcel son un manual de claustrofobia sólo para hombres con más de cincuenta años de prisión. Una cárcel platónica para aquellos que se sientan presos en la pocilga de mundo que nos dieron por cárcel. La leí porque un amigo me contó la anécdota del primer Premio Planeta entregado a un latinoamericano. Pero al finalizar el primer capítulo, ya sabía que era infecciosa como el perro de un leproso, y que estaba condenada a ser una de la grandes novelas desconocidas y sin patria, porque la patria es no estar solo, como dice Mister Alba, el personaje de Zárate que seguramente ocupará un lugar en la memoria literaria de aquel que lo lea, y apátrida, porque Colombia olvidó a Zárate, y porque Zárate olvidó a Colombia, y porque su libro fue escrito para otra gente y para otra época que aun no han llegado, y ya va siendo hora de que llegue.

Para Zárate, escribir es como amar: como levantarle la falda a las palabras, o eso dice.

Zárate es el único que sabe a lo que sabe la sangre de las mariposas, ¿o ustedes también?

Cuatro presos en una celda se detienen a interpretar el concepto más antiguo del hombre, designado bajo la palabra libertad. Cuatro presos de una cárcel se amotinan, se reinventan la comedia de la justicia, domestican a las ratas, hacen florecer rosas de plástico, humanizan el crimen dejando el revólver y volviendo al garrote, y lo más extraño de todo es que el protagonista del libro, un escritor culpable de nada y preso por nada, se fabrique un crimen real para que su condena tenga sentido y después de cometido el crimen se sienta libre y lo dejen libre y enhorabuena.

(El libro fue reeditado por Arango Editores en el 2003, y sobra decir que esto no es publicidad política pagada, sino una campaña personal de desprestigio de la pobre literatura Colombiana, y ensalzamiento de la buena, señoras y señores)

jueves 7 de febrero de 2008

Gotas cordiales de un bienpensante

cordial. (Del lat. cor, cordis, corazón, esfuerzo, ánimo). adj. Que tiene virtud para fortalecer el corazón. 2. Afectuoso, de corazón. 3. m. Bebida que se da a los enfermos, compuesta de varios ingredientes propios para confortarlos.

¿Será que Andrés Hoyos, editor de la revista El Malpensante salió a marchar “contra las Farc” el pasado lunes? Seguramente. ¿Y será que también esgrimió allí su autoridad de editor, en la camiseta, como lo hace en el e-mail que remitió a este administrador de blog y a un grupo de contactos? Quiero decir: ¿Será que bajo el eslogan “contra las Farc” de su camiseta estampó también: Att. Andrés Hoyos - Editor El Malpensante? Parece que sí. Por algo es un tipo cordial que siempre da consejos de corazón a los enfermos de la cabeza, y por eso siempre firma sus declaraciones, cuando las hace. Yo también firmo las mías, cuando son mías, pero no soy cordial. Escribo esto porque recibí a vuelta de correo un e-mail firmado por él y a nombre de El Malpensante, que dice así:
Don Daniel Ferreira,
Bastante tonto su “análisis” (no maltratemos sin comillas la palabra), como el de la mayoría de la gente que cree que ante la barbarie lo mejor es callarse la boca y bajar la testuz. ¿Eso lleva a alguna parte? Pues no ha llevado hasta ahora a ninguna. En las marchas, como había millones, había todo tipo de gente. ¿De dónde saca que es legítimo destacar a los tres skinheads que vio y que lo traumatizaron?Ah, y no piense tanto en Hitler: por lo visto maltrata mucho las neuronas.
Un saludo,
Andrés HoyosRevista El Malpensante
Calle 35 N°14-27, Bogotá, DC, Colombia
Teléfonos: 7.1.3200120 ext 111 o 112
En realidad recibí varios e-mail similares, unos insultantes y otros de discrepancia respetuosa (como el del profesor Jorge Enrique Rojas Otalora de la Universidad Nacional) y uno de saludo (no sé si a nombre de las Farc, pero firmado en todo caso por la Agencia ANNCOL que no pongo en la palestra porque tal vez me haga un muy flaco favor en temporada de caza de brujas).
Me había prometido no responder comentarios de nadie, pero la palabra “tonto” y “análisis” del señor Hoyos, y dos problemas de imprecisión en su mensaje magro me mueve a contestar con arrebato.
En primer lugar mi “análisis” de la marcha pasada “contra las Farc”(con comillas para no ofender la semántica) es este. El que circuló la misma noche del lunes es sólo mi expresión libre de la fobia que me produce una muchedumbre de estupidez unánime en pie de lucha o en camino de un concierto de Rock, indistintamente. La marcha del lunes, me amargó el almuerzo. Entiendo que la acidez estomacal y el síndrome de papiloma en un hombre como yo tiene que ver menos con el estado político del país que con la oralidad en el sexo (aunque si me mata el cáncer, moriré diciendo que fue Colombia quien me lo provocó), pero ahora no quiero hacer distinciones y voy a “analizar” los motivos políticos que advierto tras la marcha que me causó tal acidez.
Lo que sucedió el lunes y lo que hizo sensible a tantos editores (véase la editorial de El Tiempo del día miércoles) es que en tres horas ocurrió lo que en otras situaciones requeriría de años: la generación de un mito. El mito de que los pueblos para ser gloriosos les basta con ponerse en marcha. Digamos entonces, la re-generación de un mito. Porque ya lo creyó Mao, y Mussolini, y lo creyó Hitler (que me encanta como figura histórica y me trastornó el seso según el comentario acertado del señor Hoyos), y hasta lo creyeron sus contrarios morales: Luter King, y Mahatma Ghandi. Y todos terminaron muertos, y sus pueblos fracturados.
Para que ocurriera en Colombia la estomacal marcha del lunes anterior, tuvo antes que creer en este mito un único hombre con ínfulas de prócer (que sospecho debe estar detrás de todo el asunto). Lo voy a deletrear para que quede claro que no es el presidente Uribe: J-O-S-É-O-B-D-U-L-I-O-G-A-V-I-R-I-A.
Primo de Pablo Escobar, asesor presidencial y principal consejero, José Obdulio Gaviria es el único personaje siniestro con un poder capaz de hacer que desde la presidencia se den las ordenes precisas para que se mueva al gabinete ministerial, al cuerpo diplomático y a los estamentos militares a la velocidad que hemos visto desde los dires y diretes del presidente Hugo Chávez. La marcha del lunes fue posible porque el gobierno colombiano vio en la iniciativa de un pobre cibernauta anónimo y sin poder de convocatoria (como yo) y que apenas intentaba batir un récord Guinness a través de internet (y hoy está a punto de convertirse en embajador o ministro de comunicaciones), la oportunidad de refrenar el Estado de Beligerancia con que invistió un país fronterizo a la guerrilla colombiana. Allí no se marchó por las víctimas, porque hubieran tenido entonces que marchar por los crímenes estatales y para-estatales que son tantos e innumerables que nunca alcanzan los ladrillos disfrazados de lápidas en ambos andenes de la carrera séptima para recordarlos. Allí no se marchó a nombre de los secuestrados, porque el más flaco favor a estos rehenes se lo hizo la multitud mientras aprobaba y aplaudía tangencialmente la salida del rescate cívico-militar que plantea el presidente de rodear los campamentos en una selva imposible de cercar.
Lo que demuestra tal desmesura en el evento, es que el único “arte” (para no ofender la semántica) que le queda a un gobierno en aprietos, está en invocar el nacionalismo (tan criticado a los venezolanos) a través de la televisión, y así unificar a los indecisos y a los descarriados, ubicándolos de su lado.
Es a la televisión y a sus dueños, a quienes debemos la re-fundación de un mito y el hormiguero que ensució en consecuencia las calles de 120 ciudades el pasado lunes con banderitas e insultos a una abstracción llamada FARC.
El medio es el mensaje, ¿recuerda, señor Hoyos? Yo sé que sí, porque usted es una autoridad recordando títulos de libros y dando buenos consejos. Recomiéndele a los lectores de su revista (entre los cuales me incluyo) algún libro de McLuhan, y Mi Lucha, de Adolfo Hitler, no para que se les atrofien las neuronas (como dice acertadamente usted de mí) al termitero de colombianos que acude a la convocatoria de cualquier noticiario, sino para que entiendan por dentro la manipulación mediática y empiecen a sentir vergüenza al verse desde el aire convertidos en lo que más le causó daño al siglo pasado: “la masa” “la horda” “la muchedumbre de estupidez unánime” como la llamaba José Agustín Goytisolo, mi poeta.
Recomiende algo así, y un que otro librito de historia patria. A ver si hacemos recordación (Del lat. recordatĭo-ōnis) y aprendemos que la guerra en Colombia ha sido siempre una guerra de Bandos sin equilibrios, con una característica que hace particular su ignominia: los muertos los puso el pueblo, las hordas; y los fines y conductos los puso su clase dirigente. La Colombia que marchó el lunes es el mismo país que se levantó el 18 de mayo de 1902 con más de cien mil muertos por la guerra de los Mil Días y al mismo tiempo con el decreto 820 del presidente —y novelista de cuarta— José Manuel Marroquín por el cual nos consagraba al Sagrado Corazón de Jesús. En ese entonces, y en un país cristianizado, el pueblo intonso (Del lat. intonsus. Que no tiene cortado el pelo. 2. Ignorante, inculto, rústico) respondió favorablemente con marchas (procesiones) y misas también llamadas “históricas”, por lo multitudinarias, como jamás se habían visto en todo el territorio nacional. ¿Resultados? Automáticamente, como tocados por el espíritu santo, desaparecieron de la memoria colectiva 100.000 muertos en 3 años y se abonó el terreno para la guerra de los años 50 llamada tautológicamente Violencia. En septiembre de 1940, Laureano Gómez redactó un famoso discurso y lo leyó ante el Congreso, y fue emitido por radio y sirvió para arengar al mismo país cristianizado para que si “el rey atropella al reino, óiganlo bien, honorables senadores, si el rey atropella al reino, entrega al robo las fortuna públicas y privadas y desprecia y vulnera las leyes y la sacrosanta religión… lo mejor sería deliberar sobre lo más conveniente en grandes reuniones después de advertirle al príncipe para que se corrigiera, haciéndole la guerra de lograrlo, declararlo enemigo público, darle muerte. En grandes reuniones públicas se deben pintar cuál es el estrago y cuáles los bienes inalienables y aceptar la declaración de la guerra y seguir las consecuencias de la guerra, cualesquiera que sean” . ¿Resultados de la convocatoria, señor Hoyos? 300.000 muertos que nadie recuerda y el terreno abonado para los crímenes de las guerrillas y los crímenes estatales y para-estatales de los años 60, 70, 80, 90 y 2000.
Si cambiamos la alegoría con que empieza la cita de Laureano Gómez (El rey, o el príncipe) por los blancos visibles de la marcha y la oposición en Colombia (y por otros millones de colombianos descartados del unánime “colombia soy yo” que se encuentran lejos de las ciudades labrando la tierra) el resultado es desalentador: la marcha del lunes fue una marcha del odio. Concertada por las fuerzas más reaccionarias de este país y que llevará a todo un pueblo intonso a validar cualquier método para borrar cualesquiera atisbo de inconformidad y beligerancia de la faz de Colombia por cualquier método, o por cualquier camino.
Ya empezaron los insultos contra mí, insignificante blogsívelo (aficionado al blogspot) que defiende desde este pozo de narciso su derecho a no aplaudir la estupidez de la manada. Y creo que muy pronto volverá entonces el crujir de motosierras.

Un saludo, señor Hoyos
Att. Daniel Ferreira
(A título Personal)